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domingo, 7 de abril de 2013

9 de abril, paz con justicia social y poder constituyente.





Horacio Duque.

El 9 de abril del 2013 quedará en la memoria colectiva de los colombianos por las dimensiones que cobrara la marea humana que contiene la potente voluntad y decisión de la multitud  de alcanzar la paz y conseguir cambios políticos radicales en el Etado y la estructura de poder oligarquica vigente.

Lo fundamental es que existe un elevado nivel de conciencia en el pueblo que le permite demandar una paz con justicia social, que modifique el modelo neoliberal de saqueo de la riqueza nacional por parte del imperialismo norteamericano y sus socios de la burguesia dominante en Colombia.

La paz con justicia social, implica rechazar la nueva generación de reformas neoliberales impuestas por el señor Santos en la salud, el fuero militar, el sistema penitenciario y las alianzas regionales con el bloque mercantilista que integran México, Peru y Chiles.

El 9 de abril será también el despliegue del Poder constituyente que reclama un viraje sustantivo de las estructuras políticas y juridicas de dominación vigentes.

El poder constituyente debe conducir a la realización de una Asamblea Constituyente soberana que se convierta en un acto fundacional de la nueva colombia popular, democrátca y en transición a formas superiores de organización social que eliminen el hambre, la pobreza, el autoritarismo y demas penurias que el capitalismo salvaje ha ocasionado a  millones de personas.

Si bien es cierto que se ha configurado un amplio bloque histórico por la paz, no se debe permitir que el movimiento y el sujeto social de la paz sean capturados y manipulados por la elite política tradicional que ahora simula el pacifismo.

El 9 de abril será la alegria de la paz, de la diversidad, del pluralismo y de la tolerancia.

9 de abril, Petro hace Bogotá humana, ¡Ya!







Horacio Duque.

El próximo 9 de abril se recordará, por el pueblo colombiano, el gran líder popular Jorge Eliecer Gaitan, acribillado por la oligarquía en esa fecha del año 1948.

Grandes grupos humanos se movilizaran en Bogotá para exaltar el pensamiento y el liderazgo del caudillo, resaltando su lucha por la paz y el fin de la violencia. Es una tarea que permanece vigente en la agenda nacional dados los niveles adquiridos por la guerra civil durante las últimas cinco décadas con las consecuencias conocidas en vidas humanas y violación general de los derechos humanos que han convertido  a Colombia en un infierno para millones de seres humanos, golpeados por la muerte, la tortura, el desplazamiento y el despojo.

Es lo que le da trascendencia histórica a los eventos del 9 de abril programados, en los que el Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, es columna vertebral por su compromiso y militancia abierta en la búsqueda de la paz.

La paz es parte del Programa de gobierno de la actual administración que se identifica como la gestión por Una Bogotá humana, ¡Ya!.

Con la paz, y su eficaz combate a la corrupción que ha destruido las mafias de la contratación enquistadas en el Concejo, Petro hace Bogotá humana, ¡Ya!, y eso es un logro descomunal que coloca un campo decisivo del Estado en la línea de la convivencia y la no violencia, en momentos en que otros niveles del aparato público hacen un desempeño contrario al anhelo nacional por la terminación de la guerra civil, como ocurre con los Ministerios de Agricultura y Defensa, que sabotean todo el esfuerzo social por materializar la paz con justicia social.

La Alcaldía de la capital de Colombia ha sido decisiva en los actos preparatorios de las manifestaciones. 

Especial papel ha cumplido Jorge Rojas Rodriguez, alto funcionario del despacho del burgomaestre que ha coordinado cada detalle de la manifestación del 9 de abril, canalizando apoyos logísticos y políticos.

Merced al compromiso de este y otros probos funcionario, la lucha por la paz, en adelante, tendrá otras dimensiones, ciertas en la conquista de los objetivos indicados en los diálogos de La Habana.


sábado, 6 de abril de 2013

9 de Abril, borrasca de paz



Puebo colombiano en marcha hacia el 9 de abril




Difícilmente se podrán sustraer de la mente de un colombiano vivo, de cualquier generación los hechos del 9 de abril de 1948. Ningún colombiano ha vivido un día de su historia en paz. “Los reaccionarios le arrancaron algo esencial de su propio ser al pueblo”, fueron apartes de algunas crónicas que describieron ese momento. Un giro de quiebre en la historia del país que sigue repercutiendo en nuestro destino. ¿Qué hubiese pasado si ese hombre de apellido Gaitán, no muere?

Los que marchan

Esa pregunta tiene sentido ad portas del 65 aniversario de su asesinato. Y de la convocatoria a la marcha del 9 de abril por la paz con justicia social, la democracia y la defensa de lo público propuesta por Marcha Patriótica y a la que se han sumado la Alcaldía Mayor de Bogotá y las organizaciones sociales y populares en la idea exclusiva de defender el proceso de paz, la solución política al conflicto, y reclamar la participación del pueblo entero en la construcción de un nuevo país. Eso también soñaban los criollos de 1948.
Luego del pronunciamiento conjunto del 1 de marzo pasado entre las comisiones de paz de las FARC-EP y el gobierno Santos, desde La Habana, es imperante, dicen voceros de Marcha Patriótica, que el país nacional se vuelque a las calles y llene de optimismo el proceso de paz. No levantarse de la Mesa hasta alcanzar un acuerdo para la paz duradera, pactar acuerdos humanitarios y un cese bilateral de las hostilidades para afianzar el proceso serían gestos de paz determinantes. Pero también exigir el cese legislativo de proyectos de ley como la reforma pensional, que es seriamente lesiva a los colombianos y que en nada ayudan a la paz. Esas son exigencias del gran reclamo popular por la paz en Colombia.

Atiborrar las calles

Medio millar de personas se espera que respalden en las calles los anhelos de paz de los 45 millones de colombianos. De hecho, el propio presidente de la República Juan Manuel Santos, manifestó salir al paso de la marcha, al tiempo que gobernadores y alcaldes del resto del país se integrarán a ella y harán actos de respaldo en las ciudades capitales de departamentos. A nosotros nos complace, dijeron voceros de Marcha, que se haya abierto el espacio para que todos aquellos que queremos la paz con democracia, con cambios fundamentales en el país estemos allí. Y es que la presencia del Presidente, como jefe del gobierno es para defender el diálogo en medio de vacilaciones provocadas y mensajes equivocados lanzados desde su propio gobierno por recalcitrantes enemigos de la paz.

La paternidad es de Marcha

“Cuando desde la Marcha Patriótica se planteó la movilización en defensa del proceso de paz para el 9 de abril, se nos atribuyó una paternidad irresponsable, ahora que esto se amplió, cogió vuelo, hay muchos padres responsables, y nos complace” enfatizó Carlos Lozano, quien recordó que en cada oportunidad en la cual Marcha Patriótica convoca a una protesta social, no pierden oportunidad desde la institucionalidad de estigmatizarla y señalarla de “terrorista”.

Todo esto ha servido para acertar en una interpretación del momento político. La pedagogía de la paz debe conducir a entender que las conversaciones en La Habana no son la solución a los problemas de las FARC o el Gobierno, se discute allí el destino de los colombianos, de manera que son ellos los llamados a nutrir de insumos, visiones y opiniones la profunda transformación del país.

Otra de las visiones que está tomando fuerza alrededor de paz es justamente que las movilizaciones le sirvan a los plenipotenciarios en la Mesa para dar pasos en firme rumbo al acuerdo para la paz duradera. El escepticismo impregnado desde el inició de las conversaciones ha venido perdiendo espacio en el imaginario social. A partir de los gestos de paz de la guerrilla y las declaraciones de avances, al punto que serían ya cuatro cuartillas de acuerdo en el primer punto de tierras y la posibilidad, casi un hecho, que el tema de la participación política inicie su discusión al término del tema agrario.

Coincidencia

Tras este momento y las coincidencias de los analistas políticos y periodistas indicando el buen trasegar del proceso, muchos son los sectores que se unen. Al finalizar la pasada semana se conoció una comunicación de al menos dos docenas de pensadores e intelectuales colombianos que se unen a la marcha del 9 de abril, a la que invitan por ser éste un momento crucial. “Compartimos la valoración del momento histórico contenida en el documento cuando dice estamos en un momento crucial: el de demostrar si nos jugamos por la paz de Colombia”.

La propia comisión de paz de la insurgencia ha reiterado la necesidad de vincular al proceso de paz a las organizaciones sociales y populares, pero además a los partidos políticos y sectores que aún ven lejano el proceso de paz. Incluso, luego de la visita de una comisión del cuerpo legislativo de Colombia a La Habana, las FARC se refirieron a la importancia que reviste la vinculación de nuevos sectores de la vida nacional al proceso de paz y la trascendencia de la visita de los parlamentarios por ser ésta un reflejo del apoyo creciente al proceso, haciendo el quite a las campañas adversas de los enemigos de la solución dialogada del conflicto.

Constituyentes por la Paz

Marcha Patriótica ya sembró raíces en esa participación social. Las Constituyentes Regionales se están dando en todo el país y se han extendido a sectores sociales para poner sobre la mesa cuál paz es la apropiada para el futuro del país. Por ello, las Constituyentes se movilizarán en las ideas y el diálogo y no se agotarán solamente en las reuniones, pues se hacen verdaderas transformaciones de paz mediante los mandatos de las Constituyentes. Así lo advirtió Andrés Gil: “Es la construcción permanente por la paz”.

El próximo 9 de abril será una jornada por la unidad popular, con participación de los cafeteros y sus reivindicaciones, los trabajadores del Cerrejón, los estudiantes, las mujeres, los jóvenes, los afros, campesinos, intelectuales, trabajadores y desempleados, y fundamentalmente las gentes del común que son en últimas los refrendadores de un nuevo país. “Le ha faltado al gobierno ponerse oídos receptivos a todo este clamor de paz que hoy se siente en las calles. Este mar picado de conflictos sociales que se viven en el país, es la mejor muestra de ello”, advirtió Lozano.

Son más las razones de acrecentar el optimismo en construir la paz con movilización social y la solución de los problemas cotidianos de los colombianos. Una borrasca de entusiasmo, voces y miradas que inundarán las plazas del país escribiendo un nuevo capítulo del largo camino por la paz y las transformaciones sociales. Aquel 9 será.


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Publicado por Blogger en CambioTotalRevista el 4/05/2013 10:56:00 p.m.

9 de abril



Marcha el pueblo rumbo a la PAZ con Justicia Social y Dignidad


                                                              

Por Plinio Bernal 
                                       
 El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán forma parte del voluminoso prontuario criminal de  las clases dominantes colombianas, a las que el líder sacrificado denominaba “oligarquias”,  término  que expresa el carácter retardatario, excluyente y corrupto de esa clase social que monopoliza el poder y la riqueza en detrimento de la mayoría del pueblo . Las versiones sobre un supuesto e improvisado acto individual , desprovisto de connotaciones políticas, y las falsificaciones que se han hecho sobre el carácter y  alcances del movimiento insurreccional del 9 de abril de 1948, son manipulaciones dirigidas a encubrir a los verdaderos autores de ese horrendo magnicidio que cegó la vida del más importante líder político  colombiano del siglo XX, y que provocó el recrudecimiento de la violencia, convirtiendo a Colombia en  escenario de una guerra no declarada, en la cual fueron inmolados más de 300 mil ciudadanos.
 
El asesinato del caudillo liberal no fué el primero ni el último de los crímenes políticos cometidos por esa oligarquía, heredera  del siniestro legado de Santander, el   inspirador del cobarde atentado septembrino contra el Libertador y del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho y, quien comparte con José Antonio Páez y Juan Flórez,  el vergonzoso honor de haber dividido la República de la Gran Colombia, embrión de la gran patria latinoamericana que el Libertador aspiraba a construir para oponer a las ambiciones expansionistas del imperialismo norteamericano.

La guerra de los Mil Días. El asesinato del General Rafael Uribe Uribe. “La Masacre de las Bananeras” en la que fueron fusilados por el ejército  más de 3 mil trabajadores que se encontraban en huelga, son parte de ese sangriento recorrido que desembocó en el  estallido popular del 9 de Abril de 1948. La bravura exhibida por ejército para exterminar a sus inermes compatriotas y para reprimir la rebeldía popular, se convertía en cobardía cuando era necesario asumir la defensa de los intereses nacionales. El despojo de la provincia de Panamá por parte de los Estados Unidos, fue uno de los más vergonzosos capítulos de la historia colombiana.¡!Por 25 millones de dólares la oligarquía entregó esa importante provincia colombiana.!!  
                                       
                                      “A SANGRE Y FUEGO”

El asesinato de Gaitán no fue el desencadenante de la violencia como lo afirman algunos historiadores del establecimiento. Esta ya se había convertido en práctica habitual del régimen que la institucionalizó a través de la consigna de “A sangre y fuego” lanzada en el propio Congreso Nacional  por el Ministro de Gobierno, José Antonio Montalvo; pero sí  la intensificó, avivando los odios y provocando los más execrables actos de barbarie.  

El 9 de Abril de 1948 se extinguieron los residuos de democracia que aún quedaban. La izquierda y los sectores progresistas que se habían congregado alrededor del líder liberal, fueron brutalmente perseguidos. La oligarquía liberal, beneficiaria de la muerte de Gaitán, cumpliría  el papel de celestina. Eduardo Santos, Lleras Restrepo, Darío Echandía, enemigos del líder liberal, usurparían la jefatura del partido y ayudarían a apagar el incendió, evitando que el régimen fuera depuesto por las enardecidas masas populares empeñadas en asaltar el palacio presidencial. Coludidos con el régimen terminarían siendo cómplices de sus crímenes, avalando sus arbitrariedades y compartiendo la versión difundida por el régimen de que el magnicidio había sido obra del comunismo,versión salida de la embajada norteamericana, que sirvió de pretexto para propiciar la ruptura de relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, para justificar las represalias contra la izquierda y  ocultar la mano siniestra de la CIA, que, como se comprobó después, fue la inspiradora del crimen.   

La saga del 9 de abril, continuaría desangrando al país. “A sangre y fuego” se combatiría a los opositores. El terrorismo adquiriría el estatus de política de Estado,  legitimado por la abominable sombra del Estado de Sitio permanente, instrumento jurídico al que recurrieron las oligarquías para suspender  las libertades  y  encarcelar, torturar, desaparecer y asesinar a centenares de miles de colombianos considerados subversivos o sospechosos de serlo. Bajo la inspiración de la Doctrina de la “Seguridad Nacional” y la lucha contra “la amenaza del comunismo”, el ejército se convertiría en una fuerza de ocupación dedicada a perseguir a los opositores del régimen. Centenares de miles de humildes y pacíficos campesinos serían  asesinados, forzados a huir, a abandonar sus tierras o buscar refugio en otros países. Otros tomarían las  armas para defender sus vidas. Así nació la guerrilla. Hombres y mujeres del pueblo tuvieron que cambiar el curso de sus vidas, reemplazando el azadón por el fusil, y como en el caso de Pedro Antonio Marín, renunciar a su vocación y a su propio nombre, para convertirse en  “ Manuel Marulanda Vélez”, el legendario guerrillero comandante de las FARC.          
      
La muerte de Gaitán, no solo provocó la desaparición del hombre que abanderaba la lucha “ por la restauración moral del la república”, sino que mató las esperanzas de  cambio que había logrado despertar en las masas desposeídas del país. El pueblo que colmaba las plazas para escuchar sus vibrantes discursos contra las oligarquías, y que se había transformado en una enorme y creciente fuerza política que avanzaba hacia el poder, quedó abruptamente decapitado. Miles de sus seguidores quedaron tendidos en las calles y veredas del país. 
                                     
 Pero los peores tiempos estaban por venir. La política de “a sangre y fuego” sería instrumentalizada por las oligarquías liberales y conservadoras, ya no para zanjar sus rivalidades políticas, superadas a través del pacto suscrito entre sus cúpulas,  sino para preservar sus privilegios económicos, reprimir a la oposición de izquierda y a los movimientos sociales que se atrevían a desafiar su hegemonía. La lista de sus crímenes es larga: Guadalupe Salcedo, el guerrillero liberal que organizó la resistencia campesina en los llanos, fue asesinado después de acogerse a la amnistía. Sus propios jefes lo mandaron a asesinar. La misma suerte corrieron otros miembros de la insurgencia que ingenuamente cayeron en la trampa de la “Paz, Justicia y libertad” ofrecida por la dictadura militar instaurada el 13 de Junio de I953.

 Camilo Torres Restrepo, el sacerdote que organizó el Frente Unido, movimiento que aglutinó a amplios sectores de oposición, tuvo que cambiar la sotana por el uniforme guerrillero. Perseguido implacablemente por el régimen y las jerarquías eclesiásticas, sería asesinado por el ejército en “Patio Cemento”, Santander del Sur, no sin antes dejar sembrada la semilla de la revolución, que fructificaría en la “Teología de la Liberación”,  movimiento de cristianos comprometidos con la causa de los pueblos, cuya  influencia alteró las anacrónicas posturas de unas jerarquías alinderadas con la política represiva del régimen.

A pesar de sus enormes costos en vidas y en bienes, el asesinato Gaitán le reportó enormes beneficios políticos a la oligarquía, pues sacó del escenario al hombre que  amenazaba sus privilegios y, cuyo inevitable triunfo, hubiera significado una derrota para la política terrorista que venían practicando. Así mismo dejó al pueblo liberal sometido a la voluntad de una dirigencia cuyas posiciones eran adversas a los ideales del líder inmolado. Coautoras del magnicidio la oligarquía liberal y conservadora terminarían fusionadas en el Frente Nacional, engendro político  creado para repartirse equitativamente el país, y compartir los ideales de la política de “a sangre y fuego” promovida por la caverna conservadora.

La historia de Colombia seguiría siendo escrita con sangre. La violencia ya no sería entre los dos partidos tradicionales, sino entre los de arriba y los de abajo. Entre la oligarquía y el pueblo. La ausencia de libertades, el fraude electoral, la compra de votos y la manipulación mediática  convertirían las elecciones colombianas en  festivales de corrupción y violencia. Ambos procedimientos serían utilizados a discreción, obligando a sus opositores a buscar otras formas de lucha política. “El que escruta elige”, cínica frase de un político liberal describe muy bien el modelo electoral colombiano.

Las cifras de la violencia son muy altas. Y sobre todo espantosas por la crueldad y la sevicia. Es una contabilidad compuesta por desaparecidos, mutilados, desplazados, torturados, refugiados, asesinados y encarcelados. Y el principal victimario es el Estado, que ha utilizado todo su poder para ejecutar esos abominables crímenes, para patrocinarlos, encubrirlos y lograr que otros países contribuyan a financiarlos. Pretextos no faltan. La amenaza del comunismo, la defensa de la democracia, el narcotráfico, el terrorismo, la civilización occidental, o cualquier otro pretexto fabricado para tal fin, sirven para recabar y obtener la “ayuda humanitaria” de la civilizada Europa. Así a través de estos procedimientos de prestidigitación mediática, el Estado que comete todos estos crímenes, termina convertido en vìctima y recibiendo ayuda para combatirlos.

La tragedia colombiana solo puede ser entendida conociendo su historia y su compleja y escabrosa realidad. Una mirada superficial no alcanza a ver el dramático cuadro social de este país ni sirve para comprender su aterradora historia. “Cien años de soledad” no tiene nada de realismo mágico, ni es una versión surrealista de Macondo: es la historia real de un país gobernado desde su nacimiento “a sangre y fuego”. Quienes se aventuren desde lejos a opinar sobre esa “realidad”, haciendo interpretaciones basadas en lecturas de “academia”, solo tendrán una “visión turística” de este país. Que lo haga la extrema derecha, se justifica, pero que lo hagan los revolucionarios o quienes se reclaman demócratas  es  una ingenuidad política o una postura oportunista, que en el fondo solo sirve para legitimar y justificar la política de “a sangre y fuego” del régimen.

Las almas caritativas que claman por la paz de Colombia, deben acompañar ese deseo con exigencias políticas que la sustenten. La paz solo se puede conseguir asumiendo sus costos. Y quien debe asumir los costos mayores es el Estado, que debe reconocer su responsabilidad histórica, respondiendo por los crímenes cometidos, y poniendo en práctica, una política que demuestre su voluntad de paz. 

Exigirle a la FARC que haga la paz sin contraprestaciones, que abandonen las armas y desfilen ante las cámaras entregándolas a Juan Manuel Santos, es una exigencia absurda, inspirada en la supuesta derrota total de las  FARC , que los medios, los politólogos y los estrategas militares del régimen repiten, o resultado de la ignorancia que tienen acerca de su capacidad  real, las profundas raíces que tiene en diversas regiones del país y su enorme destreza para sobreponerse a los reveses militares. Esa ignorancia solo sirve para hacer  cálculos equivocados, fabricar falsos triunfos militares y sabotear el proceso de paz.