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viernes, 9 de agosto de 2013

¿Terrorismo? Por Marcelo Colussi



Marcelo Colussi
Desde hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha dado el impreciso nombre de “terrorismo”. Quienes otorgan ese nombre tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo reciben en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”.


Desde hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha dado el impreciso nombre de “terrorismo”. Quienes otorgan ese nombre tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo reciben en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”.



Así se expresa la Fundación sobre el peor genocidio,
a la par del colombiano, en América Latina


De hecho, el autor de estas líneas aparece mencionado en un listado de la Fundación contra el Terrorismo en la república de Guatemala, pudiendo afirmar que yo no me considero para nada un terrorista. ¿Lo seré sin saberlo? ¿En qué consiste exactamente ser un terrorista?

Si bien puede haber grandes diferencias entre los que así son designados, nadie que reciba ese mote se reconoce -mucho menos se ufana de ser- “señor del terror” sino, en todo caso, luchador social. Con lo que vemos que es muy difuso el término, equívoco, hasta incluso engañoso. En verdad ¿quién es “terrorista”? ¿Qué significa con precisión ser un “terrorista”?

Siendo estrictos, no hay una definición unívoca del término. En todo caso, puede advertirse desde el inicio que su nombre mismo ya presenta una carga negativa: evoca el terror. Un acto terrorista, por tanto, más que significado político -según la lógica con que usualmente se usa en Occidente- es sinónimo de “salvajismo”, comportando un mensaje ético, emotivo, más cercano a lo visceral que a la conceptualización racional. Carga que no tiene, por ejemplo, la llamada guerra convencional. Quien mata en guerra es un héroe. Ninguna bomba inteligente de alta tecnología es asesina, es terrorista, pero sí lo son, por ejemplo, quienes resisten a la ocupación estadounidense en Irak. O, según las nuevas leyes antiterroristas que vamos viendo por diversos países latinoamericanos, quienes se oponen a las industrias extractivas de capitales globales (minería, explotación petrolera o gasífera), o quienes simplemente alzan su voz como protesta por la carestía de la vida. ¿Tiene sentido eso, o se trata sólo de un discurso de dominación, un ejercicio de poder? En el Manual de Entrenamiento Militar de la Escuela de las Américas de Estados Unidos puede leerse como una sana recomendación para sus alumnos, por ejemplo: “aplicar torturas, chantaje, extorsión y pago de recompensa por enemigos muertos”. ¿Eso es guerra limpia o terrorismo? Más aún: ¿es posible que haya guerra limpia? El terrorismo, ¿en qué categoría entra?

Los organismos internacionales y la Comisión de Verdad consideran que más de 200.000
guatemaltecos fueron asesinados en la “Guerra Arrasada” entre el 1961-1996 en Guatemala.

Pero entonces, en definitiva: ¿qué es el terrorismo? ¿Hay alguna definición seria al respecto? De hecho se han aportado varias, pero los mismos ideólogos que debaten sobre sus propiedades no terminan de encontrar una versión convincente. El Departamento de Estado de los Estados Unidos de América en uno de sus Informes anuales sobre “Tendencias del Terrorismo Mundial”, antes de definirlo siquiera comienza diciendo que “la maldad del terrorismo siguió azotando al mundo este año, desde Bali hasta Grozny y hasta Mombasa. Al mismo tiempo, se libró intensamente la guerra mundial contra la amenaza terrorista en todas las regiones, con resultados alentadores”, con lo que, ante todo, se parte de una valoración: el terrorismo es intrínsecamente “malo”. Acto seguido lo caracteriza diciendo que “se constituye, tanto en el ámbito interno como en el mundial, en una vía abierta a todo acto violento, degradante e intimidatorio, y aplicado sin reserva o preocupación moral alguna”.

El ex presidente George Bush declaró durante su mandato que “no se cansará, no titubeará y no fracasará en la lucha por la seguridad del pueblo estadounidense y por un mundo libre del terrorismo. Seguiremos sometiendo a nuestros enemigos a la justicia o les llevaremos la justicia a ellos”. Claro que esa justicia puede ser la invasión militar, obviamente, pasando por sobre el derecho internacional y las resoluciones de la ONU. En nombre de la lucha contra este declarado “flagelo”, está visto que puede hacerse cualquier cosa. ¿Tan malo es el “terrorismo” que da lugar a todo tipo de intervención, incluidas guerras preventivas -hasta con armamento nuclear, como llegó a pretender en algún momento la Casa Blanca contra Irán muy recientemente- o hay ahí “gato encerrado”? Obviamente el hecho de concebir una situación tan tremendamente compleja como ésta en los maniqueos términos de “buenos” y “malos” (versión hollywoodense por cierto) nos advierte que ahí hay demasiada mentira acumulada.

De acuerdo a datos suministrados por el mismo gobierno federal de Washington, el “terrorismo” mata en el mundo, en promedio, 11 personas por día, la misma cantidad que muere por hambre… ¡en menos de un minuto!, o que contrae el VIH cada cinco minutos. Pero curiosamente la Casa Blanca utiliza 100 veces menos presupuesto en su lucha contra el SIDA que lo que emplea para su guerra preventiva contra el “terrorismo”. ¿Acaso representa una mayor amenaza a la seguridad de la especie humana el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” que la pandemia de SIDA que hoy día nos aqueja, o la hambruna crónica que sigue habiendo?

El tema es complejo, y estamos dominados por un cargado discurso ideológico que la manipulación mediática de estos últimos años nos legó y sigue alimentando a diario: algunos soldados (en general blancos, rubios, amantes de la libertad y la democracia según se nos dijo -y de la Coca-Cola-) suelen ser los “buenos” en toda esta urdida historia, y los “terroristas” -que curiosamente no son blancos…ni toman Coca-Cola- suelen ser los “malos”.

¿Son prácticas “terroristas” las guerras de guerrillas, las guerras de liberación nacional, las luchas anticolonialistas? ¿Cuándo empiezan a ser “terroristas” las acciones militares? Por cierto que el campo conceptual es amplio, difuso, cargado ideológicamente. Si lo que busca el “terrorismo” es crear conmoción y pavor -según una sesgada visión-, eso fue lo que logró, por ejemplo, la invasión angloestadounidense en Irak, a punto que así se designó oficialmente la operación (“Conmoción y pavor”); y no se la llamó “invasión terrorista”. ¿Quiénes son más “terroristas”: las guerrillas antiimperialistas latinoamericanas o los grupos musulmanes antisionistas?, ¿el ejército israelí o la ETA vasca?, ¿las tropas rusas en Chechenia o los comandos chechenios en Rusia?, ¿las bombas nucleares que podrían lanzar Estados Unidos o Israel sobre Irán o los zapatistas de Chiapas?

Como vemos, las posibilidades que pueden caer bajo el arco de “terrorismo” son
Genocidio a los Pueblos de Maya y aliados
con los genocidas sionistas de Israel
por demás de amplias: una bomba en un restaurante, una emboscada a una unidad de un ejército regular, un ataque aéreo de un país contra otro, son todas acciones igualmente violentas, con resultados similares: muerte, destrucción, terror en los sobrevivientes. ¿Cuál de ellas es más “terrorista”? Y por otro lado -quizá esto es lo esencial-: ¿quién las define como “buena” o “mala”?, si se quiere: como “terrorista” o como “no-terrorista”.

Es obvio que el término no es nada inocente; su utilización arrastra una tácita condena: habría una violencia legítima -la que puede ejercer un Estado contra otro, o la que ejerce contra insurrectos que se alzan contra el orden constituido-, y una violencia no legítima a la que le cabe el mote -por cierto despectivo- de “terrorismo”. La diferencia estriba no precisamente en una consideración ética (la violencia es siempre violencia, y ninguna es más “buena” que otra) sino en un ordenamiento jurídico que se desprende, en definitiva, de relaciones de poder.

El atentado contra las torres del Centro Mundial de Comercio de New York en el 2001 es un acto terrorista, pero no lo es -al menos así lo presenta la prensa oficial que moldea la opinión pública mundial- un manual militar como el citado más arriba. ¿Cuál de las dos lógicas en juego es más “terrorista”? Y si fuera cierto que la destrucción de esos edificios fue un acto auto-provocado por el gobierno federal de Washington para justificar su proyecto de guerras preventivas, ¿eso es terrorismo o no? Es terrorismo de Estado, pero la prensa oficial no habla de eso. Pinochet, en su lucha contra los “terroristas subversivos”, ¿no era él un terrorista por los métodos empleados? ¿No fueran las peores expresiones de terrorismo de Estado las guerras sucias que ensangrentaron los países latinoamericanos las décadas pasadas? Pero oficialmente esas fueron guerras “contrainsurgentes” y no “terroristas”. ¿Quién lo decide?

Si lo distintivo de un acto “terrorista” es la búsqueda de población civil no combatiente como objetivo, el 80 % de los muertos en las guerras habidas desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 a la fecha se encuadra en este concepto; actos, sin duda, por los que ningún militar ni político ha sido juzgado en calidad de “terrorista”. ¿Podría ahora abrírsele un juicio al presidente de Estados Unidos como terrorista por las dos bombas atómicas utilizadas contra población civil? ¿Por qué no?

Hoy por hoy, en un mundo absolutamente dominado por los montajes mediáticos, en forma insistente se ha ido metiendo la idea del “terrorismo” como uno de los peores flagelos de la humanidad. De manera casi refleja suele asociárselo con maldad, crueldad, barbarie; y por cierto, en esa visión parcial e interesada, esas prácticas nos alejan de la civilización supuestamente democrática, presunto punto de llegada de la evolución cultural (léase: economías de mercado con parlamentos formales). Dentro de esa lógica hemos terminado por no poder distanciarnos de la falacia impulsada por los planes de dominación geoestratégicos de Washington de “terrorismo = malo, estamos contra él o somos un terrorista más”. Merced al impresionante juego manipulatorio de los medios masivos de comunicación suele ligárselo a cualquier forma de protesta, en general conectada con los países más pobres y postergados. En esa dimensión, hoy pasan a ser terroristas cualquier trabajador desocupado que protesta, o quien reclama aumento de sueldo, o un estudiante que pide más presupuesto para educación. De hecho, el autor de estas líneas podría serlo.

Todo estos montajes son intrínsecamente perversos, traicioneros, sádicos, propio de fanáticos fundamentalistas. Un “terrorista” -según ese orden discursivo- es un delincuente subversivo, un apátrida; en definitiva: un monstruo inhumano. Por supuesto que los autores del manual de la Escuela de las Américas, aunque inciten a la tortura y a la corrupción, no son “malos”, porque lo hacen en nombre de la guerra contra el terrorismo, que es, a no dudarlo, una “guerra buena”.

¿Quién en su sano juicio podría alegrarse y festejar por la muerte violenta de unos niños, de una señora que estaba haciendo sus compras en el mercado, de un ocasional transeúnte alcanzado por una explosión? Pero ahí está la falacia, lo perverso del mensaje sesgado con que el poder se defiende: se presenta la parte por el todo, mostrando sólo un aspecto -con ribetes sentimentales- de un conjunto mucho más complejo. ¿Alguna vez los medios muestran las escenas dantescas que sobrevienen a los bombardeos “legales” de una potencia militar? ¿Alguna vez se habla de las monstruosidades propiciadas por la pedagogía del terror de un manual como el de la Escuela de las Américas? ¿Sufre más una víctima que la otra? ¿Es más “buena” y “respetable” una violencia que otra? Y fuera de un amarillismo oportunista bastante execrable que constituye una grosera pornografía de la pobreza, ¿cuándo el hambre del mundo es considerado un verdadero problema por los poderes tomándose acciones reales en su contra?

Está claro que la dimensión del fenómeno es infinitamente más compleja que la malintencionada simplificación con que los poderes fácticos presentan el problema. El maniqueísmo n juego, en definitiva, ahoga las posibilidades de soluciones reales. Son tan víctimas los civiles que mueren en un atentado dinamitero hecho por un grupo irregular como los que caen bajo el fuego de un ejército regular. ¿Por qué los regulares serían menos asesinos que los irregulares?

El mundo sigue siendo injusto, terriblemente injusto; la distribución de la riqueza que el sistema capitalista crea es de una inequidad espantosa. El hambre sigue siendo principal causa de muerte de la población mundial, hambre evitable, hambre que debería desaparecer si se repartiera algo más equitativamente el producto social que creamos los humanos. Esa injusticia estructural en las relaciones interhumanas es el principal exterminio que enfrentamos a diario; pero eso no es la gran noticia, de eso no se habla mucho. Hoy el “terrorismo internacional” se presenta como el peor de los apocalipsis concebibles, y en la lucha contra él -así nos dicen al menos- vale todo.

Es por eso que sigue teniendo vigencia lo que, en 1981, firmaban numerosos Premios Nobel como “Manifiesto contra el Hambre”, y que debemos seguir levantando como principal estandarte por un mundo mejor: “Cientos de millones de personas agonizan a causa del hambre y del subdesarrollo, víctimas del desorden político y económico internacional que reina en la actualidad. Está teniendo lugar un holocausto sin precedentes, cuyo horror abarca en un sólo año el espanto de las masacres que nuestras generaciones conocieron en la primera mitad de este siglo y que desborda por momentos el perímetro de la barbarie y de la muerte, no solamente en el mundo, sino también en nuestras conciencias. […] El motivo principal de esta tragedia es de carácter político.”

Por tanto el enemigo y principal amenaza para la humanidad no es el impreciso y siempre mal definido “terrorismo”; sigue siendo la injusticia, aunque nos hayan querido hacer creer estos años que estaba un tanto pasado de moda hablar de ella.

domingo, 12 de mayo de 2013

El Fascismo y los militares

La paz con justicia social es posible, luchemos por ella No 52



El Fascismo y los militares 

No todos los fascistas son militares, y no todos los militares son fascistas.

Por: Juan Leonel Pérez

MAYO 11 de 2013 / La carrea militar es noble, patriótica, soberana y digna, se trata: de defender la patria, la soberanía, los valores y la independencia de un país, los ejércitos han jugado un papel decisivo en la defensa de la democracia y la vida de los pueblo.

El Ejército de Bolívar cumplió la misión de liberar a cinco países del yugo español, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, además ayudó a los patriotas de Sur América en la lucha contra el colonialismo.

El Ejército Rojo cumplió la noble misión de derrotar el fascismo en la segunda guerra mundial. El peligro más grande que tuvo el planeta de convertirse en el sistema más bárbaro y criminal que haya existido en la tierra. Guerra planificada por los grandes monopolios, los capitalistas y los enfermos mentales que desarrollaron la teoría de la raza perfecta, la raza Aria. Todo con un objetivo derrotar a la Unión Soviética, y por ende el comunismo.

Los ejércitos que han sido usados por el gran capital han sido indignos y han desaparecido como el ejército de Hitler, y otros que participaron en la segunda guerra mundial al lado del fascismo.

Los EE.UU, crearon la Escuela de las Américas a finales de la década de 1940, en la cual se instruyeron a los Ejércitos latinoamericanos, en la tortura, las desapariciones y el asesinato.

Así, todos los oficiales que pasaron por esta escuela, se convirtieron en verdugos de sus pueblos, cometiendo toda clase de aberraciones contra el ser humano.

Soldado del Ejército colombiano. . . .


Las víctimas de estos militares se cuentan por millones, Colombia años 1948 a nuestros días, Guatemala 1950, República Dominicana 1960, el cono sur: Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil 1960, 1980, todos estos pueblos fueron masacrados por los verdugos entrenados en la Teoría de la Seguridad Nacional, pero no fueron solo los militares, fueron los fascistas que viven en los barrios ricos, los empresarios y las multinacionales, los que financiaron, gestaron y desarrollaron está horrible masacre.

Pero como la justicia tiene que llegar en algún momento, poco a poco algunos de estos tiranos han comenzado a ser juzgados y condenados: Chile, Argentina, Uruguay, Colombia y el caso más reciente y aleccionador, es el de Guatemala. El ex - General José Efraín Ríos Montt, quien fue condenado a 80 años de prisión, 50 por genocidio y crímenes de guerra y 30 por delitos contra la humanidad cometidos por el ejército bajo su mando contra el grupo étnico Ixil, en los años 1982 y 1983.


Este criminal duro varias décadas disfrutando de los millones de dólares que consiguió con el crimen de sus compatriotas, disfruto del exilio dado por Panamá, donde fue protegido por varios años. No faltaran los abogados, que traten de demostrar que es una injusticia y la impunidad siga campeando por Guatemala.

Este caso es un ejemplo para los militares colombianos, que han sido llevados por el imperialismo y la gran oligarquía colombina a cometer crímenes de lesa humanidad y que en algún momento deben pagar, así el presidente Juan Manuel Santos diga, que no permitirá que los guerrilleros se paseen libremente por la calles mientras los militares están en la cárceles, y apremia al congreso para que apruebe el fuero militar, no, señores militares, los crímenes de lesa humanidad no se protegen con fueros militares, los militares se pueden proteger defendiendo la constitución, las leyes, la democracia, llegando a un frente común con el pueblo para construir una patria libre y soberana, en paz con justicia social.

Este fue el llamado que les hizo el legendario Comandante de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, no es tarde aún, léanlo de nuevo, analícenlo y verán que entre todos podemos construir la nueva Colombia.

En Colombia hay más de 9.000 presas y presos políticos. En las cárceles de los EE.UU, están: Simón Trinidad, Sonia e Iván Vargas, es necesario organizar la Solidaridad con ellos.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Indígena guetamalteca con su hijo.



Comunidades de Población en Resistencia en Guatemala: un ejemplo de democracia de base

Marcelo Colussi

Pocos conceptos hay tan manipulados como el de “democracia”. En su nombre se puede hacer cualquier cosa, por ejemplo, invadir países y masacrar a gran cantidad de población. Su supuesta “defensa” irrestricta permite las peores tropelías, y la guerra “por la democracia” es una de sus más incomprensibles formulaciones: ¿matar a otro para defender la libertad? No hay dudas que la imaginación humana da para mucho.

El sistema capitalista actual, dominante largamente a escala planetaria, se atribuye como una de sus notas distintivas el ejercicio de la democracia. Así, dicho con cierta cuota de ampulosidad (“democracias de mercado”, por ejemplo), la democracia sería un bien en sí mismo, y su sola mención tendría un poder casi mágico, sinónimo de corrección, buen camino y luz en el medio de las tinieblas. De todos modos –la historia de la humanidad nos lo confirma– las relaciones de poder entre los miembros de nuestra especie son el núcleo problemático por excelencia. Nada hay más dificultoso ni plagado de tensiones en el orden humano que las relaciones en torno a la construcción del poder. El poder no sólo como expresión de la clase dominante a través de su aparato de dominación, el Estado (quizá la forma tradicional de entenderlo), sino el poder en su faceta definitoria de la cotidianeidad, como aquello que está siempre presente y actuando cuando se juntan dos o más individuos; el poder como aspiración de infinitud y completud de nosotros los humanos, por definición finitos e incompletos; el poder que se da entre géneros, entre etnias, entre adultos y jóvenes, etc., etc.

Es decir: el poder, en su amplísima gama de posibilidades de las interrelaciones humanas y que termina con la idea moderna de Estado como expresión de las relaciones políticas que subsume todas las otras, tendría según esta concepción como punto máximo de llegada “la democracia” en tanto nivel superior de toda nuestra construcción histórica. Dicho de ese modo, “la” democracia sería un bien supremo al que algunos, pareciera, ya han llegado (¿los desarrollados?), y otros aún están camino de alcanzar (¿los subdesarrollados?). La idea implícita es que fuera de “la democracia” –punto máximo de nuestro desarrollo como sociedad política– lo demás es atraso, primitivismo, salvajismo.

Si fuera necesariamente cierto, hasta inclusive valdría la pena tomar en serio el debate. Pero estando tan asquerosamente manipulado como está el concepto, hablar de democracia debe llevarnos, ante todo, a su crítica radical, a su problematización. ¿De qué hablamos cuando decimos “democracia”?

“Con la democracia también se come”, expresaba vehemente en su campaña proselitista Raúl Alfonsín antes de convertirse en el primer presidente constitucional luego de la dictadura militar que asoló Argentina entre 1976 y 1982. La promesa levantaba grandes expectativas; tantas, que le permitió ganar las elecciones. Hoy, ya con tres décadas del así llmado ejercicio democrático, el país no puede salir de la peor crisis de su historia (aumentó exponencialmente el índice de suicidios y de disfunción sexual masculina como una de las tantas consecuencias derivadas de esa crisis, valga adelantar sólo como mínimo ejemplo), y no es infrecuente que muchos de sus habitantes deban comer de los tarros de basura, así como no fueron tan raros, en estos últimos años, saqueos a parques zoológicos para comerse algún animal. Parece ser que la democracia no ha dado para comer como se esperaba.



Mucha gente en Latinoamérica –de hecho una investigación de Naciones Unidas del 2004: “La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos” lo estudió en profundidad dando cifras elocuentes: el 55 % de la población– apoyaría de buen grado un gobierno dictatorial si eso le resolviera los problemas de índole económica, lo cual llenó de consternación a más de un politólogo. Sin ningún lugar a dudas décadas de dictaduras militares y regímenes totalitarios dejaron una profunda marca política en la región, por lo que no espanta la idea de un gobierno no democrático. Pero ello no habla sólo de una cierta vocación autoritaria de las poblaciones latinoamericanas, transformada ya hoy en hecho cultural; habla, más que nada, del fracaso de estas democracias formales aparecidas alrededor de la década de los 80, luego de los tristemente célebres gobiernos militares, donde la mano de Washington no fue ajena.

Democracia: gobierno del pueblo; es tan amplio que lo dice todo y no dice nada. Una rápida mirada de la historia, o de cualquier situación actual, nos confronta con que lo que menos tenemos como experiencia concreta en nuestro largo y tortuoso proceso civilizatorio es, justamente, “gobierno del pueblo”.

Con el ascenso del capitalismo y el triunfo político de la nueva burguesía hace un par de siglos, la democracia representativa toma su mayoría de edad, y hoy, doscientos años después de haberse impuesto a partir de la cabeza guillotinada de los monarcas franceses, se presenta como el modelo más desarrollado de organización social. En ese sentido se autoerige como condición de la prosperidad. Pero ¿quién dice que es el más “desarrollado”? ¿Desde qué parámetros?

Un informe del Banco Mundial reveló que la República Popular China sacó de la marginación a 200 millones de personas en 20 años sin que sus reformas se apegaran a las recetas neoliberales en boga, pero más aún, con una organización política abominada por las democracias occidentales en la que brillan por su ausencia todas las libertades esgrimidas como logros democráticos. Como dijo Luis Méndez Asensio: “El ejemplo chino nos incita a una de las preguntas clave de nuestro tiempo: ¿es la democracia sinónimo de desarrollo? Mucho me temo que la respuesta habrá que encontrarla en otra galaxia. Porque lo que reflejan los números macroeconómicos, a los que son tan adictos los neoliberales, es que el gigante asiático ha conseguido abatir los parámetros de pobreza sin recurrir a las urnas, sin hacer gala de las libertades, sin amnistiar al prójimo.”

¿Tienen poder los que votan? Los regímenes autocráticos terminan siendo agobiantes, todos, no importa el color ideológico en juego. Visto el panorama mundial, en ningún país –ni en los pobres, la gran mayoría del planeta, por cierto, ni en los ricos– la masa mayoritaria detenta el poder real. Sucede que en algunos, los menos, la riqueza alcanza para que todos vivan con el mínimo de dignidad que, hoy por hoy, la gran mayoría de la humanidad no tiene (comida, agua potable, educación básica, vivienda). Si esas necesidades primarias no se resuelven, es improcedente pensar –como lo hiciera el por ese entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, refiriéndose al mapa de Latinoamérica luego de conocidas las conclusiones del referido estudio– que “la solución para sus problemas no radica en una vuelta al autoritarismo sino en una sólida y profundamente enraizada democracia”. Por supuesto que las dictaduras no resolvieron los problemas de pobreza y exclusión social (no estaban para eso, por cierto). Pero tampoco los han resuelto las actuales democracias a cuentagotas.

En cola para votar en las elecciones de septiembre de 2011.


Tan elástico es este vapuleado concepto de “democracia” que sirve para cualquier propósito: para comer –según Alfonsín–, para mantener un bloqueo contra Cuba, para invadir Irak, para deponer al presidente Aristide en Haití o Chávez en Venezuela, democráticamente electos por cierto… ¿No será que, por tan elástico, en realidad no significa nada de nada?

Es hora de cambiar el concepto de democracia representativa, aquél con el que se ha venido explotando a las grandes masas desde hace dos siglos, por algo nuevo: democracia genuina, democracia desde abajo, directa. ¿A quién representan los representantes? Si el propio pueblo no es artífice de su destino, no hay salida para los problemas que ya conocemos de memoria en Latinoamérica.

En la olvidada Guatemala, en Centroamérica, cuna de una de las civilizaciones más antiguas y esplendorosa de la historia: los mayas (seguramente “de moda” en los próximos meses, dada la manoseada “profecía maya” del fin del mundo, que moverá bastante turismo) hay un ejemplo encomiable de democracia directa: las Comunidades de Población en Resistencia (CPR).

Es sabido que en ese país una guerra civil dejó daños inconmensurables, siendo la nación latinoamericana más golpeada por las estrategias contrainsurgentes que se desarrollaron en el marco de la Guerra Fría con la Estrategia de Seguridad Nacional. La población campesina, de origen maya, fue la más golpeada. En muchos casos, para sobrevivir a las políticas genocidas de tierra arrasada, por miles se internaron en las selvas, protegiendo así lo único que les quedaba: su vida, dado que dejaron tras de sí todo, casa, ganado de subsistencia, sus mínimas parcelas, enseres domésticos. Así, en condiciones de extrema pobreza vivieron años, muy organizados, en un sistema de democracia directa que es digno de admiración. Estas Comunidades de Población en Resistencia estaban formadas por campesinos humildes, que en realidad no eran miembros activos del movimiento guerrillero, y que por la misma necesidad de sobrevivencia en condiciones extremas fueron desarrollando modos organizativos fabulosos.

“Elevaron mucho su nivel de capacitación en educación y de organización en la producción y con pocos recursos producían mucho. A futuro podían ser un ejemplo para otros colectivos en ese sentido”, afirmó Enrique Corral, ex cura y luego integrante del movimiento armado guatemalteco, actualmente de la Fundación Guillermo Toriello, vinculado siempre a las CPR. Tras la firma de los Acuerdos de Paz en 1996, estas poblaciones se fueron asentando en diversos puntos del territorio nacional, ya sin el acoso perpetuo de vivir guerra, pero sin ver materializado ninguno de los compromisos tomados en esa firma. Mantuvieron su organización de democracia viva, aunque sin el más mínimo apoyo por parte del Estado en créditos, infraestructura, facilidades diversas, etc., su situación actual los arroja a la pobreza profunda.

“Como población civil se logró establecer un sistema de organización democrática dando vida a los valores y principios humanos de sobrevivencia, haciendo de la resistencia la forma de organización comunitaria, organizando el trabajo colectivo, la distribución equitativa de lo que producimos y de lo que se recibía de la Solidaridad [internacional]”, explicaba un miembro de las CPR. Sin ningún lugar a dudas si un grupo en condiciones tan tremendamente extremas pudo sobrevivir dignamente, más allá de la pobreza material, esto muestra que la organización real desde abajo es posible. Es más: sin esa organización democrática de base, real, genuina, no hubieran podido sobrellevar la situación. ¿Qué nos dice todo esto? Que la democracia de base sí es posible, y que la organización política actual que impone “el desarrollo” no es más que formalidad. Una vez más: ¿a quién representan los representantes?

En esta búsqueda de encontrarle caminos reales al fabuloso proyecto de darle forma concreta a la utopía, estudiar en detalle la historia de las CPR puede ser un paso de gran importancia. Tal como dice el cura-guerrillero Enrique Corral, sin dudas que “A futuro podían ser un ejemplo para otros colectivos”. Este breve escrito no es sino: a) una expresión de júbilo en relación a que otra democracia sí es posible, más allá del formalismo de la democracia representativa. Y además, b) una invitación a académicos, científicos sociales y actores políticos a que se profundice en el estudio de esa construcción de base de la democracia en que vivieron las Comunidades de Población en Resistencia en lo más adverso de la guerra. Aprender de las “buenas prácticas”, como se dice hoy día, es inteligente.