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jueves, 10 de noviembre de 2016

Nicaragua: Qué opinaría Carlos Fonseca

Jóvenes conmemorando el 40 aniversario del paso a la inmortalidad del Comandante Carlos Fonseca, 8 de noviembre de 2016. (Foto: CCC/César Pérez).




Nicaragua: Qué opinaría Carlos Fonseca
Por Jorge Capelán 

Gana Daniel Ortega. ¿Qué opinaría Carlos Fonseca de esto?” dice el analista Marcelo Colussi en una nota publicada recientemente. Colussi regurgita (mal digeridos) los argumentos de una corriente de ex-miembros del partido (Henry Ruiz, Mónica Baltodano...) cuyo espacio de influencia hoy en día se ha visto reducido a las páginas del diario La Pren-CIA de Managua más esporádicas entrevistas a bienintencionados pero muy mal informados medios de izquierda. Sobre esta corriente, denominada Movimiento por el Rescate del Sandinismo (y sobre sus primos de ultraderecha, el “Movimiento Renovador Sandinista”), hemos escrito extensamente en otros espacios. (Por ejemplo aquí, en las páginas 36-49 de esta publicación y aquí)

Interesante ejercicio de historia (contrafáctica, dirían algunos) el tratar de desentrañar lo que un referente de la talla del Comandante Carlos Fonseca opinaría de la Nicaragua de hoy; sin embargo, para que ese ejercicio sea productivo y trascienda la mera “indignación” (un fenómeno muy de moda hoy en día tanto a la izquierda como a la derecha) debe ser hecho con un mínimo de rigor. La indignación por sí misma no es revolucionaria, especialmente en estos tiempos Trump-ianos y LePen-nianos. Un ejemplo de ello son tantos personajes con reputación de voceros de ”izquierda” que, como se dice en America Latina, en su momento “pisaron el palito” y se lanzaron a defender ardorosamente a los terroristas de lo que hoy es el Estado Islámico en su lucha contra el “tirano” Gadaffi en Libia.



Ya van cinco años de horror en Libia y la mayoría de esos personajes no ha reconocido el tamaño de su desacierto ni se han hecho la autocrítica por haber sido utilizados como peones de la señora que anoche perdió la justa por la presidencia de los Estados Unidos. No esperamos que se la hagan, como tampoco esperamos que se la hagan aquellas figuras de “izquierda” que durante años alegre e irresponsablemente se han dejado utilizar y se han sumado al coro contra una de las experiencias revolucionarias más denostadas de Nuestra América: La Revolución Popular Sandinista de Nicaragua.

Carlos Fonseca fue asesinado combatiendo a la Guardia Somocista en Zinica, en 1976, un 8 de noviembre. El triunfo de la Revolución ocurrió casi tres años más tarde, en julio de 1979. Es sabido que no contemplaba un cercano colapso del bloque socialista, mucho menos de la URSS. Aunque conocía muy bien a Nicaragua y a las tretas, artimañas y atrocidades que históricamente los Estados Unidos y las potencias coloniales habían implementado contra este sufrido pueblo nicaragüense, y aunque conocía la experiencia de lucha del pueblo vietnamita y de los demás pueblos del tercer mundo, Carlos Fonseca no podía conocer acerca de la guerra de “baja” intensidad de Reagan en los años 80s.

Tampoco llegó a conocer el neoliberalismo. No lo conoció porque en su época hasta Somoza llegó a hacer inversiones sociales aunque éstas fueran de carácter precario y contrainsurgente. De hecho, si dirigentes de la clase trabajadora como Carlos y el Comandante Tomás Borge, salidos del pueblo humilde, pudieron llegar a jugar el papel que jugaron, es precisamente gracias a que accedieron, por primera vez en la historia de Nicaragua, a una secundaria pública por más mala que ésta fuera y por más que estuviera motivada por razones agroexportadoras y, como ya dijimos, contrainsurgentes.

En los años 60 y 70 del siglo pasado, el estudiantado de Nicaragua (tanto a nivel secundario como universitario) jugó un papel fundamental en mantener viva la llama de la lucha ingresando, primero a movimientos de masas, y luego a destacamentos guerrilleros en un proyecto que sólo ofrecía lejanos e inciertos amaneceres con ríos de leche y miel y a cambio una muy real probabilidad de perder la vida. Fue una generación de jóvenes de los sectores populares que por primera vez en la historia tuvo la oportunidad (aunque muy limitada, de mala calidad, condicionada por los valores reaccionarios imperantes, etcétera) de leer y de soñar con proyectos de vida que se extendiesen más allá de la mera sobrevivencia material. Si bien la sociedad de los medios de masas y su ideología consumista comenzaban a ser imperantes en aquellas décadas, ni de lejos habían alcanzado los niveles de las décadas posteriores.

Carlos Fonseca, aunque sabía que existían las computadoras, no podía ni soñar lo que vendría a ser la Internet ni este mundo de hoy en el que Nicaragua de la noche a la mañana se ha convertido en el país con mayor crecimiento de la telefonía celular en América Latina. Por más explotadoras e injustas que fueran las relaciones internacionales en la época de Carlos Fonseca, por más descarado que fuese el intervencionismo de los Estados Unidos, el fundador del Frente Sandinista tampoco conoció la globalización neoliberal y cómo ésta hoy en día ha reducido el margen de maniobra de los Estados Nacionales.

Claramente, el Comandante Carlos Fonseca, más allá de su carácter de visionario de la construcción nacional de Nicaragua, era un hombre del Siglo XX, no del Siglo XXI, un siglo en el que el poder político está mucho más desgastado que en los años 60 y 70 del siglo pasado, en el que el poder del mercado es mucho más fuerte que entonces, y en el que la subjetividad de las masas es muy, pero muy diferente.


EL EXPERIMENTO DEL PENSAMIENTO que propone el analista Colussi necesita ser detallado: Si una nave espaciotemporal el día de mañana depositase al Comandante Carlos Fonseca Amador en las calles de Managua y éste fuese rodeado por una batería de periodistas, no podría decir mucho de utilidad sobre un mundo y un país sobre los que desconoce muchos hechos relevantes. Debería tener acceso a todo lo que ha pasado en este país y en el mundo desde su muerte. Seguramente se sorprendería de muchas cosas, entre ellas la manera como se logró el triunfo contra la dictadura somocista. También es muy probable que se asombrase de las dificultades que implicaría la construcción del poder revolucionario en la década de los 80s, y seguramente también criticaría muchos de los errores cometidos. Por otro lado, también es seguro que anotaría muchos logros y aspectos positivos con los que jamás había soñado en sus años de lucha.

Seguramente también que se entristecería con la pérdida de las elecciones de 1990, pero no dejaría de tomar nota de cómo, igual que en aquellos años difíciles en los que un puñado de guerrilleros en el campo y la ciudad le hacía frente a la mayor maquinaria militar de Centro América, los que han estado escuchando y sintiendo esperanza por el Frente Sandinista han seguido siendo, como lo dijo Leonel Rugama: los cipotes que 'no nacen por hambre y que tienen hambre de nacer para morirse de hambre', la verdulera nalgona, la vieja asmática del canasto, la negra vende vigorón y la sombreruda vende baho, la lavandera con las manos blanquiscas de jabón, las vende gallo pinto, las sirvientas, las picheles, las rufianas, las putas, las hechiceras, seguidas de todos los taxistas, los carga-bultos de los mercados, los cobradores de los buses, los compradores de fierros viejos y, por supuesto, los campesinos, los trabajadores rurales, los trabajadores asalariados en el campo y la ciudad, etcétera, etcétera.


HACE UNOS DÍAS, EL ESCRITOR FAMOSO (es decir, famoso en las páginas del Diario El País de España) Sergio Ramírez Mercado, se reía de los candidatos opositores que participaron en las elecciones del domingo diciendo que nadie los conoce. Lo más trágico es que en realidad, él, Sergio Ramírez Mercado, es aún menos conocido que los políticos que señala en los mercados, en los barrios y en las comarcas de la Nicaragua de hoy. Ramírez en su crónica, al reírse de los candidatos de la oposición, en realidad se estaba riendo de la propia indigencia de los sectores con los que su partido el Movimiento de ”Renovación” Sandinista se ha aliado consistentemente para defender los privilegios politiqueros y microscópicamente minoritarios de su grupo y ONG’s afines.

Lo mismo vale para las fuentes “revolucionarias” que el analista Marcelo Colussi cita en su artículo, como el ex-general Hugo Torres, o la ex-comandante Mónica Baltodano. Nadie les quita el mérito por lo que hicieron en el pasado, pero nadie puede ignorar cómo han actuado luego. ¿Cuál es el pueblo que mueve esa gente? La redacción del diario ultraderechista La Prensa, los estudios del programa tóxico Confidencial (rutinario receptor de plata de la NED y la USAID), agasajos en embajadas u ONG’s occidentales, entrevistas a periodistas extranjeros...

¿Qué diría el Comandante Carlos Fonseca Amador sobre la Nicaragua y el Frente Sandinista del día de hoy conociendo cómo ha sido la historia nacional y mundial desde su partida a la eternidad?


NO VAMOS AQUÍ A PONER PALABRAS en boca de los muertos, pero sí podemos constatar algunas cosas a partir de la experiencia personal de círculos como los que cita Colussi (y de su falta de arraigo en los sectores populares de Nicaragua), del conocimiento personal (y de larga data) del hijo del fundador del FSLN, Carlos Fonseca Terán, vice-secretario de Relaciones Internacionales del Frente Sandinista, y de largas conversaciones con gente que luchó al lado de Fonseca, como el Comandante Guerrillero David Blanco. Carlos Fonseca era un hombre de gran refinamiento político. Conocía muy bien la historia de Nicaragua y fue capaz de oponerse a planes para ajusticiar al dictador en coyunturas en las que un acto de ese tipo, a causa de la debilidad del movimiento, no conduciría a un cambio revolucionario en el país y sería aprovechado por los sectores burgueses opuestos a la dictadura. Fonseca sabía muy bien que la lucha era “no para cambiar hombres en el poder sino para cambiar las estructuras”.

Otra cosa que podemos constatar, es que el Comandante Fonseca valoraría el desarrollo del Frente Sandinista y de Nicaragua a la luz del Programa Histórico de la organización escrito en 1969, no de una manera dogmática, ya que Carlos Fonseca era un marxista maduro y profundo que sabía que entre planteamiento y experiencia se debe dar un permanente diálogo, sino como una interrogación, tanto de aquellos objetivos como de estas prácticas. ¿Y qué plantea ese programa histórico?

  1. “Un gobierno revolucionario que liquidará la estructura reaccionaria originada por farsas electorales y golpes militares, el poder popular forjará una Nicaragua sin explotación, sin opresión, sin atraso, una patria libre, progresista e independiente”.
    De hecho, fue el triunfo de 1979 el que le permitió a Nicaragua tener elecciones limpias por primera vez en la historia, incluso cuando eso significó tener que entregar el gobierno en 1990. Además de eso, han sido los gobiernos sandinistas, o las presiones desde abajo de los movimientos populares sandinistas, los que han logrado impulsar medidas progresistas de participación popular como la obligación de representación de 50% de mujeres a todos los niveles – algo que era impensable aún en los tiempos del Comandante Carlos y que incluso es impensable hoy en la mayoría de los países del mundo.
  2. “Una Reforma Agraria Auténtica que en forma inmediata logre la redistribución masiva de la tierra, liquidando la usurpación latifundista en beneficio de los trabajadores (pequeños productores) que laboran la tierra”.
    Al 19 de julio de 1979, las propiedades de 500 manzanas o más (es decir, los latifundios) ocupaban el 50% de toda el área cultivable; hoy en día son el 18%, el resto de la tierra está en manos de pequeños y medianos campesinos, individuales o cooperativizados. Esta transformación es producto de la Revolución de los años 80 y de las luchas campesinas (compas, contras, recontras, revueltos, tomas de tierras...) que se dieron en los años 90s. Desde el año 2007 esas familias, más miles de familias en las ciudades, han recibido títulos de propiedad que les dan seguridad legal a los cambios realizados durante las últimas décadas. Hoy en día, 90% de la comida que se consume, el arroz, los frijoles, el maíz, la carne, los lácteos, son producidos en el país y no fuera de él. Que eche un vistazo Colussi al resto de América Latina y compruebe si éste no es un logro revolucionario. Pero hay más, la pequeña producción campesina, nucleada en torno a formas asociativas de producción, representa hoy en día el 97% del sector agrícola, según los últimos estudios econométricos.
  3. “Revolución en la Cultura y la Enseñanza”, sentar “las bases para el desarrollo de la cultura nacional, la enseñanza popular y la reforma universitaria.”
    En 1979, la tasa de analfabetismo era del 53%. Con la Cruzada de Alfabetización se redujo a poco más del 12% y luego la guerra Contra la elevó a más del 20% a fines de los 80s. Los gobiernos neoliberales no mejoraron esta situación y en 2005 el analfabetismo andaba por encima del 22%. Hoy en día se ha bajado al 7.5%, la segunda más baja de Centroamérica detrás de Costa Rica, con el 3%. En lo que respecta a la Educación Superior, el Frente Sandinista históricamente ha apoyado la conquista de un 6% del presupuesto para la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, defendiéndola de los intentos neoliberales por abolirla y fortaleciéndola desde el año 2007 a la fecha. Se han dado y se siguen dando becas a todos los niveles, se han formado a decenas de miles de profesionales de los sectores populares, desde abogados hasta médicos e ingenieros, gracias a las políticas sandinistas a lo largo de las décadas. Se ha impulsado la educación popular y técnica a los sectores trabajadores en el campo y la ciudad. En cuanto ha sido posible se han rescatado y se rescatan las raíces populares e indígenas de la cultura nacional... Siempre que han habido gobiernos sandinistas desde 1979 hasta la fecha se ha hecho lo posible por desarrollar este punto del programa.
  4. “Legislación laboral”, que liquide “las injusticias de las condiciones de vida y trabajo padecidos por la clase obrera bajo la brutal explotación en favor de la legislación laboral y Asistencial Social.”
    Desde 1979 a la fecha, con el Frente Sandinista en el gobierno, los sindicatos se han vuelto una parte sustancial de la vida cotidiana del país. Durante el período de resistencia y acumulación entre 1990 y 2006 se defendió activamente el derecho a la organización sindical. Tras el retorno del Frente Sandinista al poder en 2007 el número de sindicatos del país se multiplicó. Se avanzó en la unidad de la clase trabajadora con coordinaciones e iniciativas conjuntas de las diversas centrales sindicales. Se logró establecer un modelo de negociación de los convenios colectivos con las patronales y la mediación del Estado. En estos momentos se están tejiendo alianzas con los trabajadores del sector informal para que los campesinos directamente provean a los asalariados en las ciudades con bienes de consumo de la canasta básica a precios justos. Se ha avanzado en la sindicalización de la clase trabajadora y se han adoptado leyes cada vez más progresistas en el terreno laboral. ¿No es acaso eso cumplir con el programa histórico escrito por Carlos Fonseca?
  5. “Honestidad administrativa”.
    Una de las primeras medidas del Gobierno Sandinista al retornar al poder en el año 2007 fue fijar el salario máximo de los cargos públicos (ministros, directores de entes públicos) en los 3.000 dólares – una diferencia abismal, tanto con lo que fueron las administraciones neoliberales, como con lo que son los demás países del istmo centroamericano. Se han destituido ministros, incluso por meras sospechas de corrupción. Medios como La Prensa de Managua afirman muchas cosas, pero para comprobar el clima de estabilidad económica y social, así como de seguridad, basta cruzar la frontera desde Honduras. Si el sistema imperante en Nicaragua fuese esencialmente corrupto ¿Sería esto posible?
  6. “Reincorporación de la Costa Atlántica”
    Cumplida ya en los años 80, a través del Estatuto de Autonomía y hoy en día materializándose en lo económico. Nicaragua es una de las voces más respetadas a nivel de la ONU en materia de derechos de los pueblos indígenas. Durante la época de Somoza, las personas de la Costa Atlántica viviendo en el Occidente del país eran ciudadanos de segunda categoría, hoy van logrando estar cada vez mejor integrados social y económicamente, con políticas públicas que combaten la discriminación y divulgan la cultura y la realidad de la Costa Atlántica, incluso generalizando en todo el país el orgullo de ser plurinacional y pluricultural. Hoy en día, gracias al gobierno sandinista, existen carreteras, mejores aeropuertos y líneas de telecomunicaciones que la unen al resto del país. Y este es un logro alcanzado del año 2007 a esta parte.
  7. “Emancipación de la mujer”.
    Nicaragua es uno de los pocos países en el mundo en el que 50% de las candidaturas a todos los niveles deben ser ocupadas por mujeres. Tiene una de las legislaciones contra violencia machista más avanzadas de hoy en día. Las mujeres en Nicaragua son las principales proveedoras de ingresos a los hogares, un hecho que es potenciado por las políticas sandinistas de entregar medios de producción y créditos a las mujeres y no a los hombres en el marco de programas como el Hambre Cero y Usura Cero. Estos cambios en la estructura profunda de la sociedad le dan a las mujeres un poder del que nunca antes habían gozado en la historia.
  8. “Respeto a las creencias religiosas”
    Desde los tiempos de la lucha guerrillera, el reconocimiento de la religiosidad popular se ha ido profundizando a medida que lo ha hecho el contacto del Frente Sandinista con el mismo pueblo del que emerge, hasta llegar a la incorporación del Cristianismo a los pilares de la definición del modelo de sociedad propuesto por el Frente Sandinista: Si el pueblo es profundamente cristiano, es el deber de una organización revolucionaria el integrar este hecho a su proyecto. Paradójicamente, cierta izquierda “de pelo en pecho”, enrostra al FSLN su identificación cristiana cuando ésta se inscribe en su programa histórico. Claramente, reivindican una identidad revolucionaria que desconocen.
  9. “Política exterior independiente”
    Para “revolucionarios” como los que cita Colussi no basta con defender a Cuba en las duras y las maduras, con ser miembro del ALBA, con defender a Venezuela, con denunciar la ocupación de Palestina en todos los foros internacionales, con ser el aliado más firme del pueblo de Puerto Rico en su lucha anticolonial, con diversificar como nunca antes las relaciones internacionales del país, con tener buenas relaciones con Rusia, con haberse opuesto abiertamente a la intervención de la OTAN en Libia, con negarse a firmar el Tratado de París sobre el Cambio Climático porque no incluye una cláusula que obliga a los países del primer mundo a pagar la deuda ambiental que tienen con nuestros pueblos, con haber logrado instalar un Presidente de la Asamblea General de la ONU (el Padre Miguel D'Escoto) que promovió las posiciones más antiimperialistas, en fin... ¿Qué más quieren esos “revolucionarios”, especialmente tomando en cuenta que son ellos los primeros en extender su mano para recibir migajas del complejo de ONG’s euroestadounidenses?
  10. “Unidad Popular Centroamericana”
    Los dos partidos de izquierda más grandes de la región, el FSLN y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional tienen una alianza estratégica desde hace décadas. Lo mismo se puede decir de las organizaciones revolucionarias que existen y han existido en el istmo, tanto ayer como hoy. Pero además se tienen buenas relaciones con los movimientos que se han articulado en las últimas décadas, desde el Frente Amplio de Costa Rica hasta la Resistencia en Honduras, sin pasar por alto a los movimientos de izquierda y sociales de Panamá. La posición de Nicaragua sobre el Golpe de Estado en Honduras es bien conocida. En Managua se han realizado varios encuentros de los movimientos populares. ¿Qué más quieren?
  11. “Solidaridad entre los Pueblos” Pertenencia al ALBA, a PETROCARIBE, consecuencia en la cuestión palestina, condena a las intervenciones, miembro de la Comisión de Derecho Internacional de la ONU para defender posiciones antiimperialistas, miembro destacado de la Comisión de Descolonización de la ONU, presidencia del Foro Permanente de la ONU para Cuestiones Indígenas, en fin ¿Qué más quieren estos “revolucionarios de pelo en pecho”?
  12. “Ejército Patriótico Popular”
    Es remarcable que el analista Colussi empiece su artículo con una cita del ex-general Hugo Torres, uno de los cuadros del partido de extrema derecha “Movimiento Renovador Sandinista” del que fue diputado. Ese partido es el mismo que en febrero de este año visitó en Washington a Ileana-Ros Lehtinen, conocida como “la loba feroz” por sus posturas rabiosamente reaccionarias y proimperialistas, para apoyar la aprobación de la denominada “Ley Nica” que exige a Estados Unidos vetar todo préstamo a Nicaragua en los organismos internacionales. En realidad gente como Torres, desde hace tiempo han sido reclutados por la CIA para desvirtuar el carácter nacional y popular del Ejército de Nicaragua, una institución que tiene sus raíces en el Ejército Popular Sandinista y que es una de las más respetadas del país. Uno de los grandes méritos del Frente Sandinista desde 1990 hasta la fecha ha sido el de negarse a entregar las llaves de la institución armada a los Estados Unidos.
  13. “Veneración ante nuestros mártires”
    Hoy como ayer en Nicaragua se siguen celebrando las efemérides sandinistas a lo largo y ancho del país, y no son solo los viejos, sino especialmente los jóvenes quienes participan en esas actividades. La foto que acompaña este artículo, tomada el 8 de noviembre, ilustra este punto. Por otro lado, las fuentes “revolucionarias” que cita Colussi, no se caracterizan precisamente por su consistencia a la hora de rendir tributo a los caídos, a menos que no sea en algún concierto nostálgico rociado con abundante whisky en lugares exclusivos como la Ruta Maya de Managua.



EN RESUMEN, EL FRENTE SANDINISTA de Liberación Nacional ha sido fiel a su programa de 1969, obviamente que tomando en cuenta las especificidades de cada momento histórico. Hay otros aspectos muy importantes de la política sandinista que no estaban originalmente contemplados en ese programa histórico, como el tema ambiental y la diversidad de género.

No vamos a responder a la pregunta contrafáctica de qué diría el Comandante Carlos Fonseca sobre el Frente Sandinista hoy, porque incluso habría que ver si es verdaderamente relevante desde el punto de vista político. Por lo menos, se puede decir que se trata de una cuestión altamente especulativa.

Sin embargo, sí nos parece imprescindible poner en evidencia la superficialidad de planteamientos como los que repite Colussi tomados de fuentes de reconocida concupiscencia con (o funcionalidad a) intereses imperiales. Esto es muy negativo en términos políticos para las luchas de nuestros pueblos, ya que les impide conocer seriamente una de las experiencias revolucionarias más importantes de los últimos 100 años en Nuestra América: La Revolución Popular Sandinista de Nicaragua. No conocer esta experiencia a fondo equivale a seguir tropezando con piedras en el camino ya bastante avanzado el Siglo XXI.




viernes, 9 de agosto de 2013

¿Terrorismo? Por Marcelo Colussi



Marcelo Colussi
Desde hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha dado el impreciso nombre de “terrorismo”. Quienes otorgan ese nombre tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo reciben en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”.


Desde hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha dado el impreciso nombre de “terrorismo”. Quienes otorgan ese nombre tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo reciben en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”.



Así se expresa la Fundación sobre el peor genocidio,
a la par del colombiano, en América Latina


De hecho, el autor de estas líneas aparece mencionado en un listado de la Fundación contra el Terrorismo en la república de Guatemala, pudiendo afirmar que yo no me considero para nada un terrorista. ¿Lo seré sin saberlo? ¿En qué consiste exactamente ser un terrorista?

Si bien puede haber grandes diferencias entre los que así son designados, nadie que reciba ese mote se reconoce -mucho menos se ufana de ser- “señor del terror” sino, en todo caso, luchador social. Con lo que vemos que es muy difuso el término, equívoco, hasta incluso engañoso. En verdad ¿quién es “terrorista”? ¿Qué significa con precisión ser un “terrorista”?

Siendo estrictos, no hay una definición unívoca del término. En todo caso, puede advertirse desde el inicio que su nombre mismo ya presenta una carga negativa: evoca el terror. Un acto terrorista, por tanto, más que significado político -según la lógica con que usualmente se usa en Occidente- es sinónimo de “salvajismo”, comportando un mensaje ético, emotivo, más cercano a lo visceral que a la conceptualización racional. Carga que no tiene, por ejemplo, la llamada guerra convencional. Quien mata en guerra es un héroe. Ninguna bomba inteligente de alta tecnología es asesina, es terrorista, pero sí lo son, por ejemplo, quienes resisten a la ocupación estadounidense en Irak. O, según las nuevas leyes antiterroristas que vamos viendo por diversos países latinoamericanos, quienes se oponen a las industrias extractivas de capitales globales (minería, explotación petrolera o gasífera), o quienes simplemente alzan su voz como protesta por la carestía de la vida. ¿Tiene sentido eso, o se trata sólo de un discurso de dominación, un ejercicio de poder? En el Manual de Entrenamiento Militar de la Escuela de las Américas de Estados Unidos puede leerse como una sana recomendación para sus alumnos, por ejemplo: “aplicar torturas, chantaje, extorsión y pago de recompensa por enemigos muertos”. ¿Eso es guerra limpia o terrorismo? Más aún: ¿es posible que haya guerra limpia? El terrorismo, ¿en qué categoría entra?

Los organismos internacionales y la Comisión de Verdad consideran que más de 200.000
guatemaltecos fueron asesinados en la “Guerra Arrasada” entre el 1961-1996 en Guatemala.

Pero entonces, en definitiva: ¿qué es el terrorismo? ¿Hay alguna definición seria al respecto? De hecho se han aportado varias, pero los mismos ideólogos que debaten sobre sus propiedades no terminan de encontrar una versión convincente. El Departamento de Estado de los Estados Unidos de América en uno de sus Informes anuales sobre “Tendencias del Terrorismo Mundial”, antes de definirlo siquiera comienza diciendo que “la maldad del terrorismo siguió azotando al mundo este año, desde Bali hasta Grozny y hasta Mombasa. Al mismo tiempo, se libró intensamente la guerra mundial contra la amenaza terrorista en todas las regiones, con resultados alentadores”, con lo que, ante todo, se parte de una valoración: el terrorismo es intrínsecamente “malo”. Acto seguido lo caracteriza diciendo que “se constituye, tanto en el ámbito interno como en el mundial, en una vía abierta a todo acto violento, degradante e intimidatorio, y aplicado sin reserva o preocupación moral alguna”.

El ex presidente George Bush declaró durante su mandato que “no se cansará, no titubeará y no fracasará en la lucha por la seguridad del pueblo estadounidense y por un mundo libre del terrorismo. Seguiremos sometiendo a nuestros enemigos a la justicia o les llevaremos la justicia a ellos”. Claro que esa justicia puede ser la invasión militar, obviamente, pasando por sobre el derecho internacional y las resoluciones de la ONU. En nombre de la lucha contra este declarado “flagelo”, está visto que puede hacerse cualquier cosa. ¿Tan malo es el “terrorismo” que da lugar a todo tipo de intervención, incluidas guerras preventivas -hasta con armamento nuclear, como llegó a pretender en algún momento la Casa Blanca contra Irán muy recientemente- o hay ahí “gato encerrado”? Obviamente el hecho de concebir una situación tan tremendamente compleja como ésta en los maniqueos términos de “buenos” y “malos” (versión hollywoodense por cierto) nos advierte que ahí hay demasiada mentira acumulada.

De acuerdo a datos suministrados por el mismo gobierno federal de Washington, el “terrorismo” mata en el mundo, en promedio, 11 personas por día, la misma cantidad que muere por hambre… ¡en menos de un minuto!, o que contrae el VIH cada cinco minutos. Pero curiosamente la Casa Blanca utiliza 100 veces menos presupuesto en su lucha contra el SIDA que lo que emplea para su guerra preventiva contra el “terrorismo”. ¿Acaso representa una mayor amenaza a la seguridad de la especie humana el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” que la pandemia de SIDA que hoy día nos aqueja, o la hambruna crónica que sigue habiendo?

El tema es complejo, y estamos dominados por un cargado discurso ideológico que la manipulación mediática de estos últimos años nos legó y sigue alimentando a diario: algunos soldados (en general blancos, rubios, amantes de la libertad y la democracia según se nos dijo -y de la Coca-Cola-) suelen ser los “buenos” en toda esta urdida historia, y los “terroristas” -que curiosamente no son blancos…ni toman Coca-Cola- suelen ser los “malos”.

¿Son prácticas “terroristas” las guerras de guerrillas, las guerras de liberación nacional, las luchas anticolonialistas? ¿Cuándo empiezan a ser “terroristas” las acciones militares? Por cierto que el campo conceptual es amplio, difuso, cargado ideológicamente. Si lo que busca el “terrorismo” es crear conmoción y pavor -según una sesgada visión-, eso fue lo que logró, por ejemplo, la invasión angloestadounidense en Irak, a punto que así se designó oficialmente la operación (“Conmoción y pavor”); y no se la llamó “invasión terrorista”. ¿Quiénes son más “terroristas”: las guerrillas antiimperialistas latinoamericanas o los grupos musulmanes antisionistas?, ¿el ejército israelí o la ETA vasca?, ¿las tropas rusas en Chechenia o los comandos chechenios en Rusia?, ¿las bombas nucleares que podrían lanzar Estados Unidos o Israel sobre Irán o los zapatistas de Chiapas?

Como vemos, las posibilidades que pueden caer bajo el arco de “terrorismo” son
Genocidio a los Pueblos de Maya y aliados
con los genocidas sionistas de Israel
por demás de amplias: una bomba en un restaurante, una emboscada a una unidad de un ejército regular, un ataque aéreo de un país contra otro, son todas acciones igualmente violentas, con resultados similares: muerte, destrucción, terror en los sobrevivientes. ¿Cuál de ellas es más “terrorista”? Y por otro lado -quizá esto es lo esencial-: ¿quién las define como “buena” o “mala”?, si se quiere: como “terrorista” o como “no-terrorista”.

Es obvio que el término no es nada inocente; su utilización arrastra una tácita condena: habría una violencia legítima -la que puede ejercer un Estado contra otro, o la que ejerce contra insurrectos que se alzan contra el orden constituido-, y una violencia no legítima a la que le cabe el mote -por cierto despectivo- de “terrorismo”. La diferencia estriba no precisamente en una consideración ética (la violencia es siempre violencia, y ninguna es más “buena” que otra) sino en un ordenamiento jurídico que se desprende, en definitiva, de relaciones de poder.

El atentado contra las torres del Centro Mundial de Comercio de New York en el 2001 es un acto terrorista, pero no lo es -al menos así lo presenta la prensa oficial que moldea la opinión pública mundial- un manual militar como el citado más arriba. ¿Cuál de las dos lógicas en juego es más “terrorista”? Y si fuera cierto que la destrucción de esos edificios fue un acto auto-provocado por el gobierno federal de Washington para justificar su proyecto de guerras preventivas, ¿eso es terrorismo o no? Es terrorismo de Estado, pero la prensa oficial no habla de eso. Pinochet, en su lucha contra los “terroristas subversivos”, ¿no era él un terrorista por los métodos empleados? ¿No fueran las peores expresiones de terrorismo de Estado las guerras sucias que ensangrentaron los países latinoamericanos las décadas pasadas? Pero oficialmente esas fueron guerras “contrainsurgentes” y no “terroristas”. ¿Quién lo decide?

Si lo distintivo de un acto “terrorista” es la búsqueda de población civil no combatiente como objetivo, el 80 % de los muertos en las guerras habidas desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 a la fecha se encuadra en este concepto; actos, sin duda, por los que ningún militar ni político ha sido juzgado en calidad de “terrorista”. ¿Podría ahora abrírsele un juicio al presidente de Estados Unidos como terrorista por las dos bombas atómicas utilizadas contra población civil? ¿Por qué no?

Hoy por hoy, en un mundo absolutamente dominado por los montajes mediáticos, en forma insistente se ha ido metiendo la idea del “terrorismo” como uno de los peores flagelos de la humanidad. De manera casi refleja suele asociárselo con maldad, crueldad, barbarie; y por cierto, en esa visión parcial e interesada, esas prácticas nos alejan de la civilización supuestamente democrática, presunto punto de llegada de la evolución cultural (léase: economías de mercado con parlamentos formales). Dentro de esa lógica hemos terminado por no poder distanciarnos de la falacia impulsada por los planes de dominación geoestratégicos de Washington de “terrorismo = malo, estamos contra él o somos un terrorista más”. Merced al impresionante juego manipulatorio de los medios masivos de comunicación suele ligárselo a cualquier forma de protesta, en general conectada con los países más pobres y postergados. En esa dimensión, hoy pasan a ser terroristas cualquier trabajador desocupado que protesta, o quien reclama aumento de sueldo, o un estudiante que pide más presupuesto para educación. De hecho, el autor de estas líneas podría serlo.

Todo estos montajes son intrínsecamente perversos, traicioneros, sádicos, propio de fanáticos fundamentalistas. Un “terrorista” -según ese orden discursivo- es un delincuente subversivo, un apátrida; en definitiva: un monstruo inhumano. Por supuesto que los autores del manual de la Escuela de las Américas, aunque inciten a la tortura y a la corrupción, no son “malos”, porque lo hacen en nombre de la guerra contra el terrorismo, que es, a no dudarlo, una “guerra buena”.

¿Quién en su sano juicio podría alegrarse y festejar por la muerte violenta de unos niños, de una señora que estaba haciendo sus compras en el mercado, de un ocasional transeúnte alcanzado por una explosión? Pero ahí está la falacia, lo perverso del mensaje sesgado con que el poder se defiende: se presenta la parte por el todo, mostrando sólo un aspecto -con ribetes sentimentales- de un conjunto mucho más complejo. ¿Alguna vez los medios muestran las escenas dantescas que sobrevienen a los bombardeos “legales” de una potencia militar? ¿Alguna vez se habla de las monstruosidades propiciadas por la pedagogía del terror de un manual como el de la Escuela de las Américas? ¿Sufre más una víctima que la otra? ¿Es más “buena” y “respetable” una violencia que otra? Y fuera de un amarillismo oportunista bastante execrable que constituye una grosera pornografía de la pobreza, ¿cuándo el hambre del mundo es considerado un verdadero problema por los poderes tomándose acciones reales en su contra?

Está claro que la dimensión del fenómeno es infinitamente más compleja que la malintencionada simplificación con que los poderes fácticos presentan el problema. El maniqueísmo n juego, en definitiva, ahoga las posibilidades de soluciones reales. Son tan víctimas los civiles que mueren en un atentado dinamitero hecho por un grupo irregular como los que caen bajo el fuego de un ejército regular. ¿Por qué los regulares serían menos asesinos que los irregulares?

El mundo sigue siendo injusto, terriblemente injusto; la distribución de la riqueza que el sistema capitalista crea es de una inequidad espantosa. El hambre sigue siendo principal causa de muerte de la población mundial, hambre evitable, hambre que debería desaparecer si se repartiera algo más equitativamente el producto social que creamos los humanos. Esa injusticia estructural en las relaciones interhumanas es el principal exterminio que enfrentamos a diario; pero eso no es la gran noticia, de eso no se habla mucho. Hoy el “terrorismo internacional” se presenta como el peor de los apocalipsis concebibles, y en la lucha contra él -así nos dicen al menos- vale todo.

Es por eso que sigue teniendo vigencia lo que, en 1981, firmaban numerosos Premios Nobel como “Manifiesto contra el Hambre”, y que debemos seguir levantando como principal estandarte por un mundo mejor: “Cientos de millones de personas agonizan a causa del hambre y del subdesarrollo, víctimas del desorden político y económico internacional que reina en la actualidad. Está teniendo lugar un holocausto sin precedentes, cuyo horror abarca en un sólo año el espanto de las masacres que nuestras generaciones conocieron en la primera mitad de este siglo y que desborda por momentos el perímetro de la barbarie y de la muerte, no solamente en el mundo, sino también en nuestras conciencias. […] El motivo principal de esta tragedia es de carácter político.”

Por tanto el enemigo y principal amenaza para la humanidad no es el impreciso y siempre mal definido “terrorismo”; sigue siendo la injusticia, aunque nos hayan querido hacer creer estos años que estaba un tanto pasado de moda hablar de ella.

viernes, 3 de mayo de 2013

Venezuela post Chávez: prueba de fuego y laboratorio para la izquierda (venezolana y mundial)


Nicolás Maduro, presidente de Venezuela


Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com

“La invencibilidad reside en la defensa, las oportunidades de victoria, en el ataque”.

Sun-Tzu

“La tarea es formar revolucionarios y no consumistas, culminar una revolución y no competir en una subasta de votos”.

Luis Britto-García

Una elección reñida

Más allá de la interesada y tendenciosa matriz de opinión con que la derecha, tanto nacional como internacional, quiso presentar las recientes elecciones en Venezuela proclamando fraude a los cuatro vientos, la realidad es que Nicolás Maduro, aunque sea con estrecho margen, ganó.

De ello se pueden sacar varias conclusiones.

Por lo pronto, que la derecha está desesperada por terminar de una buena vez por todas con ese experimento político que es la Revolución Bolivariana. Ya lo probó de diversas maneras, hasta con golpe de Estado (en el histórico abril de 2002) y nada le funcionó. Ahora, ante el apretado triunfo del candidato del PSUV, vio una nueva oportunidad de asaltar el poder político que perdió desde la llegada de Chávez a la presidencia –continuado en la ocasión por Maduro– y no vaciló en intentar armar un nuevo escenario golpista.

El grado de desesperación por el poder que perdió desde hace ya algunos años no lo oculta. Curiosamente, el gobernador del Estado Miranda y ahora candidato presidencial, Henrique Capriles, contradiciendo lo dicho por él mismo unos pocos meses atrás, llamó a la sublevación: “«Más nunca los venezolanos tendremos guerra. No seré quien le pida a nuestro pueblo que salga a la calle a matarse unos con otros», dijo en su discurso al reasumir la gobernación del Estado Miranda hace unos días”, publicaba el diario La Nación el 17/01/2013. El 14 de abril por la noche, viendo que la “pesadilla” chavista continuaba, olvidándose de esas pasadas declaraciones no dudó en generar una movilización violenta que intentara cerrarle el paso al triunfo del PSUV (no puede asegurarse que operadores del gobierno estadounidense hayan estado involucrados, pero no sería de extrañar). La jugada no salió como se previó, pero fue suficiente para mostrar el odio de clase contenido que hay ahí: 8 muertos, 70 heridos y varios edificios destruidos patentizan el estado político-emocional de la derecha venezolana. La magra diferencia de votos obtenida por Maduro sirvió de excusa para que esa derecha, que se siente herida y desplazada en términos políticos, pueda dar rienda suelta a su vehemencia. El pedido de fraude, aunque estaba condenado a morir pues, de hecho, no lo hubo (así lo atestiguaron infinidad de observadores internacionales), fue un intento más de reconquistar la casa de gobierno.

Que la derecha tradicional venezolana, en sintonía con la de Estados Unidos y la del resto del mundo, odien visceralmente al proceso bolivariano, no es ninguna novedad. No podría ser de otra manera, puesto que ese proceso, aún siendo un socialismo muy tibio, más bien aguado, no deja de tener como sujeto de referencia un pobrerío difuso, que para la derecha es siempre sinónimo de “chusma peligrosa”. Esto, seguramente, no es ninguna conclusión nueva.

Pero de todo esto sí pueden marcarse elementos nuevos, de los que es posible extraer nuevas conclusiones, o más bien, abrir nuevos debates

¿Hay chavismo para rato?

Todo indica que el chavismo está a la baja. Lo cual no significa que va a su disolución; eso sería lo que anhela la derecha. Pero sí ha perdido la dinámica que tuvo un tiempo atrás. La ausencia del líder, Hugo Chávez, seguramente tiene mucho que ver con esa merma, lo cual, desde una lectura minuciosa desde la izquierda, debe llevar a plantearse fuertes autocríticas como movimiento: ¿todo dependía de su figura carismática entonces? Si así fuera, se está ante un grave peligro: ¿será ahora cada vez más difícil mantener la revolución sin el líder? Pero…. ¿y el poder popular, garantía misma del proceso transformador?

No hay dudas que el caudal electoral del movimiento bolivariano sigue siendo grande; de hecho –le guste o no a la derecha– continúa siendo la mayoría, así sea por un uno por ciento de diferencia. Sigue manteniendo además la mayoría parlamentaria, con 95 diputados sobre 165, y tiene 20 de las 23 gobernaciones. Pero todo ese aparato burocrático-estatal no significa que la revolución, en términos políticos, esté avanzando. Según estudia pormenorizadamente el fenómeno Luigino Bracci, “entre 2006 y 2012 los votos del chavismo crecieron en 882.052 votantes, es decir, 12 por ciento. Muy por debajo de lo que esperaba la dirigencia chavista. En ese período, los opositores crecieron en 2.298.838 votantes, es decir, 54 por ciento”.

Aún haya ganado esta nueva elección (17 triunfos sobre 18 justas electorales), esta victoria tiene algo de pírrica, y forzosamente debe hacer prender las luces de alarma llamando a la reflexión autocrítica. “Sectores del pueblo pobre votaron por sus explotadores de siempre”, fue una primera reacción del Presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, leyendo los resultados. Seguramente la explicación es más compleja que eso. En las dos últimas elecciones, la que ganó Chávez en octubre del año pasado y las que ganó Maduro en abril del 2013, el caudal de electores del movimiento bolivariano desciende. Eso tiene que tener alguna causa profunda, y no sólo la “presunta estupidez” de los votantes que prefieren a sus “explotadores”.

¿Cómo en sólo seis meses pudo el bolivarianismo perder 685.794 votos y la oposición neoliberal ganar 679.099? ¿En verdad esos electores detestan que uno de cada tres venezolanos esté estudiando, y en forma gratuita? ¿Aborrecen el servicio médico sin costo de Barrio Adentro? ¿Les amarga que los patronos deban pagarles prestaciones sociales? ¿Les subleva que seamos el país más feliz y con menor desigualdad social en América Latina? ¿Odian tener pensión para su vejez? ¿Les repugna que la Misión Milagro devuelva la vista? ¿Les duele que el gobierno construya para los sin techo quinientas viviendas por día? Si tantas ventajas los molestan, nada les impide rechazarlas ¿Pero tienen que votar para que sus compatriotas también las pierdan?, se preguntaba José Manuel Rodríguez inaugurando así la crítica, tan indispensable en estos momentos.

La caída en el caudal de votos se debe a una sumatoria compleja de factores. La ausencia física de Chávez cuenta, por supuesto. Con él los problemas también estaban, pero su gran carisma y su enorme muñeca política, al menos hasta ahora, habían servido para ir solventándolos. O, al menos, posponiéndolos. Es importante no perder de vista que los problemas estructurales del país, en la década y media de su presidencia, nunca se abordaron de raíz. Hubo, sin ningún lugar a dudas, un notable mejoramiento en la calidad de vida de la población, debido a la más equitativa repartición de la renta petrolera. Pero el poder económico nunca dejó de estar en manos de la derecha tradicional. “Según las Cuentas Nacionales, explicitadas por el Banco Central de Venezuela (BCV), el PIB privado (el porcentaje de la actividad económica del país en manos directas del empresariado) corresponde al 71% del total (año 2010). En el año de 1999 el PIB privado era de 68%. Es decir que, a pesar de las nacionalizaciones, el PIB sigue siendo mayoritariamente privado, y comparado con países que nada tienen que ver con el comunismo –como Suecia, Francia e Italia, donde el PIB es mayoritariamente público (estatal)–, el estado venezolano no tiene en sus manos (salvo el petróleo) ningún resorte económico importante de la economía”, nos informa un economista marxista como Manuel Sutherland. El enriquecimiento de los banqueros nunca fue tan grande como en este período. 

Si la derecha levantó todas las armas posibles contra el proceso bolivariano, fue porque perdió su supremacía política. La económica nunca le fue cuestionada realmente.

Justamente por esa ambivalencia, porque los resortes básicos de la economía nacional siguieron en manos de la oligarquía vernácula, siempre ligada política, cultural y hasta emotivamente a la derecha estadounidense, el chavismo no avanzó en la construcción de una verdadera opción socialista con poder popular que levantara un proyecto de transformación radical. Más allá de un intento redistributivo y bastante retórica, la burguesía nacional no fue tocada. De ahí esa suma complicada de causas que hacen que el panorama económico-social se torne hoy tan dificultoso: inflación siempre creciente, una impopular devaluación del 46% en febrero pasado y un dólar paralelo por las nubes, desabastecimiento crónico de productos de primera necesidad, la siempre omnipresente dependencia del petróleo, el escaso desarrollo industrial propio que fuerza a importar casi un 50% de los alimentos. A lo que se suma, no como males menores sino, quizá, con mayor fuerza en la percepción de las grandes masas populares, una generalizada y abrumadora corrupción así como una delincuencia y una inseguridad ciudadana prácticamente fuera de control.

Ante este panorama la pérdida de 685.794 votos no significa simplemente que “los pobres son masoquistas y optaron por el candidato de los explotadores”. Esa corrida de votos tuvo mucho de mensaje, de voto castigo por todo este entramado de problemas que se van acumulando y a los que no se les da real solución desde el gobierno. Si los problemas estaban con Chávez (también la última enorme devaluación, por ejemplo), la presidencia que se le abre a Nicolás Maduro se vislumbra como mucho más complicada aún.

Por lo pronto, el caudal de votos con que llega a Miraflores, sin poner ya en discusión como quiere la derecha si es mayoría legítima o no (por supuesto lo es, así sea por un voto de diferencia), augura un panorama muy problemático: gobernará sobre una sociedad profundamente dividida. Y dividida, además, en partes iguales. Chávez siempre tuvo una diferencia electoral notoria sobre sus contrincantes; pero además –quizá es esta la cuestión básica– tenía total ascendiente sobre las Fuerzas Armadas, garantía última de la continuidad del chavismo. Maduro, no se sabe.

Está claro que Nicolás Maduro inicia su período presidencial en condiciones de mayor debilidad que Chávez. Más allá de la cuestionable campaña electoral donde se presentó como “el delegado” del Comandante, su “hijo dilecto”, su “ungido sucesor”, es evidente que, para bien y/o para mal, Maduro no es Chávez. Lo cual puede abrir interesantes oportunidades: no toda decisión habida y por haber en Venezuela tendrá que pasar por él, con lo que pueden ir pensándose nuevas formas de conducción, quizá no tan centralizadas como fue el caso en vida de Chávez.

Que Maduro sabe de todos los problemas con que va a enfrentarse (inflación, inseguridad, corrupción) es evidente. Por lo pronto habló de la puesta en marcha de un cuerpo secreto especialmente dedicado a la persecución de malversaciones, lo cual, por supuesto, sería un gran paso. Pero como dijo Mario Hernández: “El único problema que veo es que habla permanentemente de las medidas que va a tomar pensando solamente en el aparato estatal, en las fuerzas de seguridad, en las Fuerzas Armadas pero no piensa, ni menciona, desgraciadamente, la auto-organización de la gente, es decir, el desarrollo del poder popular, de las misiones, la profundización de la revolución”.

Y esto, justamente, nos lleva a la otra conclusión importante.

La Revolución debe ser más que un proceso electoral

“Las carencias del poder popular pueden ser fatales, puesto que allí se concentran los embriones de la construcción socialista. Ese poder es el gran resguardo de continuidad del proyecto revolucionario, frente a los imprevisibles vaivenes de la disputa electoral. Por esta razón cuando se cierra un acto comicial no sólo hay que contar los votos obtenidos. Se necesita saber cuánto se avanzó en la organización de la estructura popular”, decía acertadamente Claudio Katz siguiendo el proceso en Venezuela.

Si algún mérito a nivel internacional tuvo el proceso que abre Hugo Chávez, fue el de volver a dar esperanzas. En medio de una marea neoliberal salvaje, y luego de las sangrientas dictaduras militares que habían barrido Latinoamérica en las décadas de los 70 y los 80 del siglo pasado, el retomar banderas que parecían condenadas al olvido –socialismo, revolución, imperialismo– dio nuevas esperanzas, fue volver a creer que los cambios son posibles, que no estamos condenados ineluctablemente a un mundo de injusticias regido por los capitales. Esto será su gran aporte a la historia, sin dudas.

En la construcción del proclamado socialismo del siglo XXI fue mucho más errático, y ahí su legado es más difuso, quizá cuestionable incluso. Pero en el medio del mar de desesperanza que cundía para los 90, ganar elecciones con propuestas medianamente populares ya fue un logro. La sucesión de “presidentes progresistas” que se viene dando en Latinoamérica en estos últimos años, y las propuestas de integración alternativas a la égida de Washington que se vive (proyecto del ALBA, Petrocaribe, UNASUR, Telesur, Radio del Sur, CELAC), tienen en la figura de Hugo Chávez un referente obligado.

Si algo caracterizó a la Revolución Bolivariana –cosa que el mismo Chávez se esforzaba en remarcar constantemente– fue la continua apelación a lo que hoy entendemos por democracia, a las elecciones periódicas. Para taparle la boca a la derecha, que vivía vilipendiando al chavismo tachándolo de “dictadura”, los procesos electorales pasaron a ser casi una gimnasia cotidiana en la vida de los venezolanos en estos últimos años. De hecho, hubo más de una elección anual: 18 en total desde que se abrió este complejo proceso que pasó a llamarse “chavismo”, o Revolución Bolivariana. La vida política colectiva pasó a tomar la forma de elecciones (presidenciales, legislativas, de gobernadores, referéndum revocatorio), expresando en las urnas las contradicciones de clase, las que se pusieron al rojo vivo.

Todo pasó a tomar la forma de elecciones; lo cual, en principio, puede verse como un fenomenal avance. Pero bien analizado, y quizá como una réplica de lo que sucedía en el ámbito económico, más allá de la apariencia de hiper politización y participación cívica que este continuo llamado a elecciones podía dar, eso no construyó una verdadera opción de poder popular revolucionario. 
Democracia formal, sí; democracia de base, faltó. Porque democracia de base no es llenar una plaza con simpatizantes. Ahí está la enorme diferencia.

En vez de un partido político revolucionario con propuesta de transformación de base y poder popular real asentado en las asambleas comunitarias, desde la dirección del proceso (Chávez en cuenta) el esfuerzo estuvo más bien encaminado a reforzar la maquinaria electorera. Como bien lo dijo Luis Britto-García: en vez de forjar cuadros revolucionarios se terminó generando una subasta de votos al peor estilo de cualquier candidato burgués. Incluso se llegó a la cuestionable situación –aparentemente muy amplia y democrática– de transformar la vida política venezolana en un continuo plebiscito donde las opciones eran votar por sí o por no, a favor o en contra. Y se entiende que…. a favor o en contra del comandante. “Están conmigo o están con el imperialismo”, pudo decir Chávez en alguna oportunidad en una campaña presidencial.

“La invencibilidad reside en la defensa, las oportunidades de victoria, en el ataque”, dijo sabiamente Sun-Tzu hace 2.500 años. Una revolución, un proceso de profunda transformación del estado actual de cosas, ¿debe consistir sólo en defenderse invenciblemente, o debe atacar, debe destruir cosas viejas para establecer un nuevo orden? La forma casi plebiscitaria que se construyó –con 17 elecciones ganadas sobre 18 llamados electorales– no terminó de servir para construir verdaderos mecanismos de poder popular de base. Más allá de la declamación, todo se vertebró de arriba hacia abajo. El Palacio de Miraflores era el absoluto centro de gravedad de la vida política nacional, y no el barrio, la comunidad, el sindicato. De hecho, todo el chavismo fue una construcción surgida a partir de una propuesta palaciega, una “revolución” de arriba hacia abajo, y no al revés, como han sido otras revoluciones, con la población en las calles forjando el cambio.

Es cierto que ese chavismo tuvo fulgurantes momentos populares, revolucionarios. Se ha dicho, por lo pronto, que el mismo Chávez fue el representante del volcánico descontento –chispa revolucionaria, por cierto– contenido en el Caracazo de 1989; su revolución palaciega sería así la puesta en acto de un proceso revolucionario que estaba en la población venezolana, por cierto la primera que reaccionó contestatariamente a los infames planes neoliberales (capitalismo salvaje, mejor dicho) que se implementaban en la región para los años 80 del siglo pasado. Montado en esa ola de descontento, protesta y fervor revolucionario, Hugo Chávez llevó a Miraflores esa vena de cambio (“astucias de la razón”, diría Hegel). Y también se “olfateó” revolución en la memorable reacción popular y espontánea (tal como son las verdaderas revoluciones político-sociales) de abril del 2002, cuando el golpe de Estado de la derecha, al salir al rescate del líder. Por esos puntos de quiebre, por el “peligro real” que con olfato de clase la derecha vernácula, la Casa Blanca y toda la derecha internacional perciben esos momentos y lo que en alguna medida representó el chavismo, es que todo el proceso se demonizó, se atacó, se vio como una verdadera amenaza. Se lo hizo con la figura de Chávez, y seguramente se lo seguirá haciendo con la de Nicolás Maduro, porque lo que realmente está en juego es la posibilidad que esa “chusma” abra los ojos y se quiera sentir dueña del poder. Es esa posibilidad la que realmente atemoriza a la derecha porque, hoy por hoy, los negocios los sigue haciendo, y quizá mejor que nunca; pero la posibilidad de transformación real que ahí está presente con la marea de franelas rojas puesta en la calle le quita el sueño. La reacción de Capriles llamando a incendiar el país la noche misma de las elecciones lo deja ver con claridad meridiana.

Ahora bien: con esa sucesión casi mecánica de elección tras elección, siempre con previas plazas llenas de simpatizantes ataviados con sus tradicionales franelas rojas, no se hace revolución. El siglo pasado, para las fuerzas revolucionaras era casi un chiste pensar en la opción de participación en el ruedo político convencional como una verdadera posibilidad de transformación. Cambiar administraciones (presidentes, gobernadores, alcaldes, legisladores) cada cierto tiempo no era sino un superficial cambio cosmético. Las estructuras de base no cambiaban un milímetro. Y si algo se iba medianamente de control, ahí estaban las fuerzas represivas (policía, ejército, parapoliciales o paramilitares si era necesario) para componer el desorden. 

Pensar en transformar algo desde ese esquema era, y sigue siendo, sumamente difícil, casi imposible, dado que se trabaja contra todo el poder de una clase, contra su dinero, su casi infinita presencia mediática y, en muy buena medida, contra una ideología dominante muy difícil de torcer. De ahí que esos 685.794 votos emigraron quizá hacia Capriles, lo que rápidamente pudo hacer decir a Diosdado Cabello que “la gente vota por sus explotadores”. Pero lo social nunca es tan sencillo; para apelar una vez más a Hegel: “el esclavo piensa con la cabeza del amo”. Una revolución, si realmente se precia de tal, debe apuntar a eso: a cambiar las cabezas, a modificar hondamente nuestras formas de ver y entender las cosas, a “¡formar revolucionarios y no consumistas, culminar una revolución y no competir en una subasta de votos!”. Y las maquinarias electorales no son precisamente escuelas revolucionarias.

Es evidente que competir en la arena electoral contra todo el poder de la clase dominante de un sistema que ya lleva varios siglos amasando capital, conocimiento y mañas, muchísimas mañas, es una tarea monumental, quijotesca. Toda la izquierda que lo intentó, terminó mal. La socialdemocracia europea, en los inicios del siglo XX, como opción no violenta que se opuso al sistema y entró en el juego electoral, terminó siendo cooptada. Hoy no pasa de ser un mecanismo más del sistema imperante, el “rostro amable” de una explotación inmisericorde. O el caso del Chile de Salvador Allende, con su intento de construcción del socialismo por la vía electoral… Generales Pinochet que juran fidelidad a la Constitución y luego terminan dando golpes de Estado por la espalda, sobran. ¿Los habrá también entre las filas castrenses chavistas?

Si el movimiento bolivariano, con Maduro a la cabeza en este momento, o con quien sea, intenta mantenerse como opción dentro de los límites de estas democracias restringidas, deberá terminar volviéndose cada vez “menos revolucionario” y más complaciente con el sistema dentro del cual se mueve. Eso quizá le permitirá sobrevivir como opción electoral, como partido político institucionalizado. Podría sucederle como le pasó al peronismo en Argentina, o al MNR en Bolivia, o incluso al PRI en México: mantendrá un discurso populista, pero de transformación revolucionaria, nada. Pero si el chavismo no avanza realmente hacia un poder popular de base y, por el contrario, se alinea cada vez más con un pensamiento de derecha (la “boliburguesía” imperante en sus filas ya lo deja ver), terminará siendo una opción aguada, que podrá ganar elecciones quizá, pero que no podrá ir más allá de hacer repartos más populistas de la renta petrolera. Y las posibilidades de transformación real que se abrieron con una población envalentonada como en abril del 2002, se habrán esfumado.

Hoy, aún en medio de la marea neoliberal que nos azota, con bases militares de Estados Unidos que acordonan toda América Latina, y luego de los terribles golpes sufridos por el campo popular en las décadas recientes, es difícil pensar en los caminos de transformación del actual estado de cosas. No es imposible, pero sí se ve difícil. Luego de años (décadas) de gobiernos militares, la vuelta de las democracias formales se puede percibir como un gran avance. Y por cierto, en un sentido lo es. Pero pensar que la lucha revolucionaria se agota en un sufragio es muy limitado, si no erróneo. Las 18 elecciones continuas del proceso bolivariano, por sí solas, no sirvieron para construir un auténtico poder popular desde abajo. Para que haya revolución, de eso se trata. Y junto a ello, cambiar sustancialmente la estructura económica. Desde el Parlamento o la casa de gobierno está visto que no se puede.

Es evidente que las democracias formales son un avance sobre las dictaduras; pero tampoco ellas por sí solas resuelven nada. De hecho en un estudio realizado por Naciones Unidas en el año 2004, buena parte de la población latinoamericana dijo no importarle vivir en un sistema democrático o autoritario si este último le resolvía sus históricas penurias socio-económicas. Pensar en las elecciones periódicas como un arma para el cambio es limitado. 

La invitación de este pequeño texto es encontrarle vías de posibilidad a la democracia parlamentaria como un momento en la construcción de la verdadera democracia participativa, de base. En ese sentido la experiencia de Venezuela nos convoca como un laboratorio y como un desafío.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Venezuela sin Chávez




Venezuela sin Chávez

Marcelo Colussi

Plantearse cómo sería, por ejemplo Estados Unidos sin Barack Obama, o Alemania sin Angela Merkel; o si se quiere, extremando las cosas, cómo serían Bourkina Fasso o Turkmenistán sin sus actuales mandatarios (que seguramente los lectores de este opúsculo ni sabremos quiénes son), ya nos da una pista: lo más probable es que cualquiera de estos países, ricos y poderosos o pobres y olvidados, no sufrirán ninguna alteración con los jefes de Estado que sucederán a los actuales. No es lo mismo en el caso del país caribeño. Venezuela sin Chávez puede implicar cualquier escenario: guerra civil, guerra interna en las filas del PSUV, retroceso en las conquistas populares, quizá avance y profundización en el proceso socialista. Pero de lo que podemos estar seguros es que, sin Chávez, las cosas no van a continuar sin cambios.

Lo que viene sucediendo en la República Bolivariana de Venezuela desde hace casi una década y media no admite parangón; el proceso en marcha –una transformación de las relaciones político-sociales que, sin ser una revolución al estilo de los socialismos conocidos, permite un nivel de vida sustancialmente mejorado para las grandes mayorías populares–, sin que entremos a evaluarlo aquí en relación a otras experiencias socialistas conocidas, todo ello se liga indisolublemente a la figura de Hugo Chávez.

Sin la menor duda, la figura de Chávez es ya un ícono de fines del siglo XX e inicios del XXI. Fue él quien, luego de los terribles años en que se implementaron los planes de capitalismo salvaje eufemísticamente llamados “neoliberalismo” o “globalización neoliberal”, volvió a poner en agenda una actitud de protesta, desaparecida para entonces en cualquier gobernante. Fue él quien, a su muy particular modo, trajo nuevamente a escena las ideas de socialismo. Fue él quien, con sus políticas redistributivas, volvió a dar protagonismo a los sectores populares de su país natal, contribuyendo así, directa o indirectamente, a un resurgir del campo popular latinoamericano. Negar o subestimar su papel en todas estas nuevas dinámicas es imposible.

Es por todo ello, por su protagonismo, por su discurso contestatario e irreverente contra el imperialismo, por su apelación al socialismo, a un nuevo socialismo que tomara distancia de los errores del socialismo burocrático y centralista de muchas de las experiencias del siglo pasado, pero socialismo al fin –término que había sido anatematizado por el discurso oficial dominante–, es por todo esto, por haber contribuido a devolver las esperanzas en transformaciones sociales y desempolvar ideales que se suponían terminados, que su peso específico no es similar al de ninguno de los presidentes que mencionáramos más arriba. Si desaparece el primer mandatorio de Bourkina Fasso o de Estados Unidos, sin dudas nada de base va a cambiar, ni a lo interno de sus respectivos países, ni en la arena internacional. La desaparición de Chávez como figura central de la política venezolana por supuesto que va a traer cambios. En su país y, seguramente, también en la región (¿seguirán el proceso de paz las FARC en Colombia, por ejemplo? ¿Qué harán ahora los países del ALBA?)

¿Por qué tantos son los cambios que se avizoran entonces? El protagonismo de Hugo Chávez en el proceso en curso en Venezuela es total. Lejos está de ser un autócrata, un dictador, como la prensa de la derecha quiere presentarlo maliciosamente; pero sin dudas su presencia es omnímoda. “No puedes ser el alcalde de Venezuela”, fueron palabras de sana advertencia que le diera en alguna ocasión Fidel Castro; definitivamente, no se equivocaba. La vida política del país petrolero comenzó a depender cada vez más de la figura absoluta del comandante. Sin dudas, eso le confería una autoridad moral increíble, pero abría dudas que el proceso nunca se encargó de despejar: ¿puede una revolución asentarse enteramente en las espaldas de una sola persona? ¡Absolutamente no! Eso es un peligro, una terrible bomba de tiempo que, tarde o temprano, tiene que estallar.

Y lamentablemente parece que ahora está llegando ese momento. Ojalá el comandante Chávez supere este amargo trance de su enfermedad, que se reponga y que siga al frente de la Revolución Bolivariana. Vayan mis más profundos deseos en ese sentido. Pero al mismo tiempo de este acompañamiento moral, entiendo que es imprescindible abrirnos una genuina y profunda autocrítica en el campo de la izquierda. ¿Podemos seguir callados ante los mismos errores de siempre? ¿No es necesario plantearse los procesos de transformación social aprendiendo de las faltas cometidas anteriormente?

Quizá Chávez regrese pronto al ejercicio de su cargo de presidente. Lamentablemente, las cosas no parecen apuntar en esa dirección. Por lo pronto, ya ha nombrado “sucesor”. El solo hecho de esa designación debería abrirnos una pregunta: ¿sucesor? Pero, ¿no suena a monarquía eso? En Corea del Norte sucedió lo mismo, y por eso justamente, desde la izquierda, criticamos este tipo de cosas: ¿y el poder popular, el poder de las bases?

Puede entenderse la designación de Nicolás Maduro como un intento de aglutinar las fuerzas tras una persona nombrada por el líder a quien, por simple respeto, todos los sectores afines deberán apoyar. Podríamos entenderlo como estratégico quizá (beneficio de la duda, para ser bondadosos). Sin entrar en el análisis de los pormenores de los juegos de poder posibles a lo interno de las filas chavistas, esto mismo de un “sucesor” ya debería prender las alarmas: ¿se trata de recomposiciones palaciegas, de ver quién cuenta con más cuotas de poder, si Nicolás Maduro o Diosdado Cabello, de ver qué papel juegan las Fuerzas Armadas? ¿Y dónde está entonces la construcción de lo que se suponía debe ser la savia de una revolución socialista: el poder popular, desde abajo?

Hay quien dice, quizá desde un pronunciado optimismo, que ahora se abren las puertas para la verdadera profundización de la revolución socialista. Otros, por el contrario, avizoran un desmoronamiento del proceso como castillo de naipes. La derecha, por supuesto, se ha de estar restregando las manos, muy feliz, esperando la caída estrepitosa del “régimen”. Como sea, lo que se avecina no augura sino luchas, más sacrificios para el campo popular, probablemente situaciones de alta conflictividad.

Me sumo a las fuerzas que apoyan el pronto restablecimiento de Chávez y, en el peor de los casos, una continuidad del proceso sin su figura dentro de los marcos de la actual democracia, en paz, sin reaccionar a las provocaciones que vendrán de la oposición. Pero no dejo de mencionar que no podemos seguir repitiendo el mismo esquema de culto a la personalidad que puede llegar a resultar nefasto, aunque aparentemente pueda verse como una garantía de avance.

Quizá la angustia que en las filas del proceso bolivariano pueda estar provocando el probable alejamiento del líder dejan al desnudo las debilidades de un proceso que tenía mucho de montaje: una revolución genuina, aunque llene masivamente plazas con adeptos uniformados de rojo, no puede depender de un solo personaje. ¿Será cierto que, sin Chávez, se abren las posibilidades para comenzar a construir el socialismo?