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domingo, 16 de septiembre de 2012

Insurgenci​a civil. Por Alfredo Molano Bravo




Por: Alfredo Molano Bravo

Creo que el punto central del enredo sangriento que vivimos desde hace medio siglo es la imposibilidad de que la insurgencia armada se transforme en insurgencia civil.?

Es decir, en un partido de oposición al sistema político real y no formal –término de Diego Montaña– que ha impedido la creación de esa fuerza y monopolizado el poder a través de un juego poco democrático, el bipartidismo.

El costo de esa ausencia ha sido altísimo: una corrupción incontrolable y una violencia represiva creciente, fenómenos que cobran vida en el narcotráfico, en el paramilitarismo y en la brutal desigualdad social. Belisario trató de romper esa máquina y abrir esa ventana. Le fue tan mal a él como a la UP. De hecho, liquidaron políticamente a Betancur y físicamente a la UP. Pero la solución sigue siendo válida y se diría más: es la única. La insurgencia no está en el plan de que su enemigo de siempre haga las reformas por las que ha peleado, quiere hacerlas ella y para eso necesita un aparato legal. El Gobierno –los gobiernos– quieren hacerlas a su manera y con las carencias desprendidas del consenso que tendrían que lograr con los gremios, incluido el militar. Una reforma tibia como la recomendada por don Fabricio en el Gatopardo de Visconti y Lampedusa: Démosle la argolla para que no nos corten el dedo. (El dedo de disparar, digo yo). Aunque ese tajo no sea posible hoy, el modelo de negociación tiende a llevar a cabo unas modificaciones “políticamente correctas”. Viables, dirían los progresistas. Sería lamentable que para Santos la negociación se convirtiera en una especie de sociedad para el cambio. Una socia. Por ahí no es la cosa, como diría López Pumarejo. Roy Barreras, presidente del Senado, hoy la voz cantante de Santos en el Congreso, va para allá: marco legal para la paz y apertura de caminos electorales para la participación política de las guerrillas.

Los obstáculos, como se ha dicho tantas veces y se sabe a ciencia cierta, son varios, pero dos son los más fuertes y violentos: los políticos profesionales y los militares. Digámoslo de buenas maneras: algunos gamonales y algunos altos oficiales crearon a los paramilitares para no ceder el poder que ejercían en nombre de los verdaderos beneficiados el statu quo: ganaderos, banqueros, grandes empresarios. Para ser justos, hay que añadir que los llamados estadistas y los generales se escandalizaban pero nada hicieron –o nada podían hacer– y se callaron bendiciendo el modelito político. O comulgando con él. Total: 20 años más de muertos, como dijo Cano. El nudo es ese. Hoy la fuerza compuesta por gamonales y altos oficiales en retiro –o activos– ha creado el Puro Centro. Desde las guerras civiles un movimiento político no contaba con el apoyo de un sector militar. Con un apoyo –digo– tan sincero y tan decidido. Es cierto que algunos de los políticos que se asociaron al paramilitarismo están en la cárcel o pueden ser enguandocados. Faltan muchos. Cierto es también que hay militares que tienen a los que se les han dado los casinos por cárcel. Faltan casi todos. Y sobre todo, falta el sello con que fue aherrojado el negocio de asistencia recíproca y mutuo apoyo que incluyó –¡cómo no!– al narcotráfico.

Se está cerca de jalar la cobija y destapar la siniestra alianza y si Santos no lo hace, terminaría arropándose con ella. Por ahora confiemos en que maneja como ninguno la talla y que como ninguno, quiere la gloria. Si logra que ni militares ni políticos se le atraviesen, o si lo hacen, los derrote o neutralice, el país será otro y se podrá entonces construir un Estado capaz de alojar todos los conflictos civiles y de hacer innecesarios los armados.

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domingo, 2 de septiembre de 2012

El Tatequieto


Por: Alfredo Molano Bravo

GRAN PARTE DE LA OPINIÓN PÚBLICA ha recibido con esperanza la confirmación por parte del presidente de iniciar conversaciones con las Farc e invitar al Eln a participar en ellas.


Lo creo justo porque el cangrejeo llevaba 50 años y ninguna de las partes había podido romper el caparazón del otro. En ese medio siglo —¡medio siglo!— ha habido días de más y días de menos para unos y para otros. Pero para nosotros, el resto, todo ha sido oscuridad, salvo en las dos oportunidades en que se abrió el postigo: con Betancur y con Pastrana.

Del primero, la idea de transformar poco a poco la guerrilla en partido sigue siendo totalmente válida. El desafío es de nuevo grande. Las guerrillas podrán, si las garantías son sólidas, dejar las armas, pero no su intención de hacer política; lo que es justo y legítimo. En esa determinación nace uno de los grandes obstáculos: los partidos políticos se han negado siempre a hacerle campo a una oposición que cuestione al establecimiento. Aceptan oposición dentro del sistema pero no contra él, lo que quiere decir que monopolizan el binomio Gobierno-oposición. Hay que recordarlo: mientras el profesor Cepeda se desgañitaba defendiendo el esquema Gobierno-oposición siendo ministro de Gobierno, a la UP la acribillaban en calles y veredas. Los partidos aceptan en el papel la perspectiva de una fuerza política que entre en el juego electoral, pero, recordémoslo también, cuando la UP les quitaba consejos y alcaldías en Urabá y Meta, se acribilló a la izquierda en esas regiones. Se ve más claro en las plazas de los pueblos que en la Avenida de Chile.

De Pastrana hay que rescatar el intento de sentar a los cacaos a conversar con los guerrillos. Sentar en una misma mesa —aunque fuera en realidad una mesita— a Echavarría Olózaga y a Marulanda a charlar sobre tierras, o al presidente de la Bolsa de Nueva York con Raúl Reyes, no fue sólo para tomarse la foto sino para acercar a las partes a un diálogo cuyas posiciones frente a frente no eran tan irreconciliables. No son tan irreconciliables. La foto que faltó fue la del Mono Jojoy con Bedoya o con Mora. Foto difícil porque ahí está el verdadero nudo. No se trata de esa pendejada que llaman honor y que en el fondo es pura soberbia. La cosa es más simple: la plata. Sin guerrilla, el presupuesto nacional cambia de prioridades. Betancur tuvo que pagar con el Palacio de Justicia haber tratado de poner en su lugar constitucional a las Fuerzas Armadas, a Samper el general Bedoya lo amenazó con sacarlo a sablazo limpio y a Pastrana casi le tumban el avión donde iba su comisionado de Paz para Caracas. Las bayonetas son las bayonetas y sirven para todo, decía Napoleón, menos para sentarse en ellas. A mí me da por pensar que como la cosa va en serio, la reacción de los enemigos agazapados de la paz va a ser más fuerte. Pocos pueden dudar que será acaudillada por Uribe. Hay suficientes evidencias de que la palabra ‘paz’ significa para el expresidente y su gente una declaración de guerra. Uribe se viene con todos sus fierros: sus parlamentarios, encabezados por Vélez y Darío Salazar, dirán lo mismo que dijeron en su hora Bedoya y todos esos generales “que no se rinden”, y con ellos todos los oferentes al homenaje al general del Río. Para decirlo con más con claridad: yo pienso que Uribe trataría de dividir a las Fuerzas Militares para atravesársele a Santos. En eso están hace días con el cuento del fuero militar y la cháchara de la desmoralización de los coroneles. Más grave: los ejércitos paramilitares están limpiando sus fusiles.

Pero como el mismo mal a veces trae el remedio, Santos tiene un as bajo la mesa: Santoyo. El general Santoyo sabe lo que el país sospecha y ese es su único capital para negociar con el juez en Virginia. Dicen por ahí: si Álvaro no se queda quieto, varias personas de su entorno personal, civiles y militares, terminan de pasajeros en el avioncito de la DEA volando hacia alguna corte federal en EE.UU. No es coincidencia que el anuncio de las conversaciones de paz se haya hecho después de la extradición de Santoyo.

·         Alfredo Molano Bravo